25 mar. 2010

Bolivia 1: Selva y Parque Madidi


Salí de Lima, en un largo viaje, cruzando montañas y más montañas, de rocas y dunas. Sólo había auténtico desierto ante mis ojos, justo a las afueras de la gran metrópolis, lo cual desconocía por completo. Pero de pronto el desierto se quebró en un valle verde, en cientos de cultivos, en ganado y campesinos... Comenzábamos a subir. Atravesé cañones, ríos, y el altiplano andino, junto a una vía solitaria por la que no pasa ningún tren. Así llegué hasta el lago Titicaca, frontera del Perú y parecido al mismísimo mar, y crucé a Bolivia. De ahí me dirigí a La Paz, que me asustaba bastante porque la última vez que estuve cogí un fuertísimo mal de altura, pero esta vez ni lo noté. En El Alto, pude observar como un gigantesco agujero repleto de cientos y cientos de casas se precipitaba ante mí. La primera imagen de esa ciudad no se olvida, impacta, pues parece como si un meteorito hubiese caído entre las montañas, distribuyendo millones de ladrillos de forma apelotonada. Paradojas de la vida, es el tráfico, el ruido, la multitud y el comercio quienes definen La Paz. Pero muy cerca, a las afueras, el Valle de la Luna aguarda para poder escapar. Y ese lugar es hermoso: caminitos de arena clara se pierden entre altas columnas naturales, diseñadas por el agua y por el viento, recordando a las Chimeneas de las Hadas de la Capadocia turca… Una preciosidad.


Desde La Paz viajé hacia la provincia del Beni, ya en plena Amazonía Boliviana, a través de la famosa Carretera de los Yungas, más conocida como “carretera de la muerte” (todo un alivio, a mí que tanto me gusta eso de los coches…) Pero siguiendo viva, y bien viva, puedo decir que esa carretera es una de las más bonitas que he recorrido en mi vida. Sin asfaltar, y siempre al borde de un desfiladero de cientos de metros, pasa desde por una sierra grisácea hasta una selva de altura, la de Los Yungas. Su paisaje de ensueño baja hasta el río y vuelve a subir por escarpadas laderas, desafiando siempre a otros vehículos, y a la gravedad. Miedo sentí, puedo asegurarlo, pero también placer. Placer porque lo que hoy guardo en mi retina mereció aquel riesgo, a pesar de que mi madre no opinaría lo mismo. El caso es que durante aquel trayecto, por primera vez, me llevé a la boca un motacú, una fruta naranja escasamente carnosa pero deliciosa, que después no ha dejado de estar junto a mi paladar.


Así llegué, ya de madrugada, a Rurrenabaque, un pueblo situado en la orilla del Río Beni. En él se encuentran los últimos rescoldos de montaña, los últimos cerros, y en la orilla de enfrente, la selva se presenta simplemente lisa, totalmente llana. En Rurrenabaque navegaban las canoas mientras volaban las aves, y el viento sacudió el olor a yogur de los almendrillos y otros árboles, mientras yo saboreaba un delicioso chicharrón de surubí, pescado fresco del Río Beni, acompañado de un vaso de chicha, un refresco proveniente del maíz hervido.


A pesar de la tremenda humedad que multiplica el calor por diez, o por veinte, aquella noche dormí plácidamente en Rurrenabaque, escuchando grillos y ranas que croan de forma aguda, distinta, como si fuesen gotas incesantes cayendo desde muy alto sobre un tejado de acero. Y me desperté energética, contenta, dispuesta a embarcarme en una canoa río arriba, para llegar hasta el Parque Nacional Madidi, que sin exagerar es una de las zonas con mayor diversidad biológica del mundo.


El trayecto por el río Beni se vio salpicado por una tremenda lluvia, bajo la cual un joven barquero envuelto en un poncho se iba calando. Pero atravesar el ancho caudal contemplando ambas orillas, unas veces arenosas y otras frondosas, unas veces llanas y otras tremendamente empinadas, todo bajo nubarrones cargados de más y más agua, no tiene precio. Empaparme mirando el cielo y bajar de la canoa para adentrarme por la selva riendo y gritando que me siento viva, sintiéndome viva, es un momento único. Y escribir sobre ello más tarde, acompañada solamente por la luz de una vela que parpadea, escuchando las cigarras y perdices que no duermen… es como un sueño. Y durante tal sueño salí a caminar por los senderos de la jungla en plena noche, confundiendo el miedo con los nervios, el desconocimiento con descubrimientos… El Amazonas.


La naturaleza está despierta mientras el resto del mundo duerme. La luz de la luna se colaba hábilmente por los huecos de los árboles, y ayudados por linternas nos topamos con una gran tela de araña octogonal, reluciendo en plena oscuridad. Y de repente otros seres mucho más mágicos, con luz propia e intermitente, estaban revoloteando alrededor: ¡luciérnagas! Poco después me colgué por primera vez de una liana y, como colgada del cielo, me columpié en medio de la selva. Entonces viví un instante de esa infancia que no tuve, una salvaje. Me transporté.


En el Paqrue Madidi me encontré con multitud de árboles distintos, de arbustos y frutos, insectos, mariposas coloridas y ciempiés. Escuché jabalíes y llegué incluso a asustarme, porque el sonido tan fuerte que hacían parecía el rugido de un dinosaurio. Hay un ave, el siringuero, que cuando canta parece estar silbándole a una chica guapa, haciendo algo así como “¡fui fuiu!”. Es muy curioso.


De los árboles, quiero nombraros a dos de ellos, por el significado que poseen. Uno es el llamado “Palo Diablo”, del que se dice que antiguamente se usaba como tortura, pues en él se refugian unas hormigas que muerden muy fuerte, a pesar de ser pequeñas. Y lo cierto es que es mejor no acercarse. El otro árbol es el que se conoce como “aprueba-yernos”, cuya leyenda cuenta que el suegro exigía al pretendiente de su hija que cortase su duro tronco, para poder casarse con ella. Si el enamorado desistía en el intento, si el árbol no caía, la mujer en cuestión seguiría soltera.


Y así hay detalles con los que podría seguir escribiendo varias horas, pero mañana quiero hablaros de la Pampa y del Río Yacuma, y si continúo se os hará muy pesado.

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