8 abr. 2010

La verdadera Reina


Reina de los mares y del viento,

Reina del espacio y del tiempo,

Reina del amor y la amistad...

Reina de un imperio de bondad.


En su Reino todo huele a flores,

todo tiene el gusto de las frutas

y el tacto de las blanditas nubes.


En su Reino los truenos son musicales,

los paisajes rozan la felicidad…

¡Es lugar para soñar!


Así es el Reino de substancia y existencia.

Así es el Reino de cambios con permanencia.

Así es la vida cuando estoy cerca de ella…

la verdadera Reina del Pais de las Maravillas.


7 abr. 2010

Tardes de nicotina y olas


Con mis ojos he gritado aquello que calló mi boca. Y aunque no se oiga, sé que tú me oyes. Mas no debía… el silencio también ha de encontrarse en los gestos. No decir o hacer no me hace menos culpable. No soy una sola. Pero cuando iba a contarte, por qué no tendré tanto tiempo, me dio miedo. Y no comprendo, pero contigo además de libre, soy cobarde.

27 mar. 2010

Bolivia 3: San Ignacio


Partiendo desde Rurrenabaque otra vez, como eje principal de todos mis desplazamientos por el Beni, recorrí durante varias horas los caminos de tierra arcillosa (en un no tan buen estado como sería ideal) hasta llegar a San Borja.

Bajo la lluvia, el pueblo se presentaba como fantasma, dormido, pero ante la provocación de unos rayos de sol colándose por entre nubes y tejados, los transeúntes comenzaron a moverse. Sentada en la plaza, saboreando un refresco delicioso denominado mocochinche (elaborado a base de melocotón seco hervido, con clavo y canela), descubrí a qué se dedican en su tiempo libre la mayor parte de los habitantes del departamento del Beni: a dar vueltas. Pero vueltas literales, alrededor de la plaza, una y otra vez. Sin descanso. Hubo personas que pasaron hasta tres veces seguidas por el banquito en el que yo estaba sentada, y recuerdo que una mujer “petacuda” (panzona), pasó hasta cinco veces subida en la moto, junto a otra moto que conducía otra persona y con la que iba charlando. La verdad, no dejan de sorprenderme las diferentes rutinas y aficiones que puede tener el ser humano en los distintos puntos del planeta.

De ahí, tras una noche en la que comprobé que la juerga perfecta para el hombre boliviano es beber cerveza y más cerveza hasta las tantas, siempre escuchando música romántica y deprimente, cogí otros caminos repletos de hoyos y baches, hasta que llegué a San Ignacio.

San Ignacio es un lugar que realmente deseaba conocer, por todo lo que he escuchado sobre él y por lo que significa para una gran amiga. La verdad es que me lo esperaba más pequeño, una comunidad, pero en realidad es eso que se considera un pueblo en toda regla, salvo porque la mayoría de las calles no están asfaltadas. En San Ignacio no hay casi coches, los vehículos que distorsionan la tranquilidad son las motos, la mayoría de ellas utilizadas como taxis. Llamó mi atención la escuela de música y, sobre todo, el cabildo indigenal, en el que las mamitas o abadesas (mujeres ancianas respetables vestidas siempre con el traje típico, el “tipoy”) cuidan del templo del lugar. Pero sobre todo, lo que le da una belleza singular a San Ignacio es su hermosa laguna, y las canoas que la cruzan. Allí, sentada en el muelle junto a Celia y Genciano, contemplé atardeceres maravillosos, de 360 grados, en los que me sentí parte del cielo colorido y de las aguas mansas.

Pero más que el lugar en sí mismo, San Ignacio significó la gente que conocí.

Con Alex y Nona llegué a coger confianza, a tenerles cariño, tras varias tardes conversando. Nelly me despertó un sentimiento tierno, amigable, además de divertirme junto a sus dos hijos. Y qué de decir de Doña Begoña y Don Santiago, que son como los padres de Celia, y que me recibieron en su casa con un chocolate caliente y unos panes recién hechos, como si fuese una de sus hijas. Junto a Miguel, el lutier del pueblo, amante empedernido de las violas y violines, y de cualquier instrumento de cuerda, estuve enredando con la artesanía. En su acogedor taller, repleto de herramientas y serrín, vacié y lijé mis rodajitas huesudas de motacú, una de las cuales cuelga hoy de mi cuello, junto a San Pedro, al Sahara, y Finlandia.

Pero fueron los padres de Genciano, Doña Marcelina y Don…. Don “nunca me acuerdo bien”, quienes compartieron conmigo su campo, el “chaco”, regalándome sabores imborrables. Plátanos y más plátanos recién cogidos de los plataneros, algunos asados, y esos otros diminutos a los que llaman guineos, que se comen de un solo bocado. Chupar toronja y absorber su jugo con la boca, exprimir entre los dientes el dulce palo de la caña de azúcar… Y hasta beber en zumo la mazorca de cacao, la cual me fue imposible comer así, sin más, debido a su viscoso tacto. Bajo una choza de tacuara y hoja de palmera me invitaron a una deliciosa comilona a base de sopa de plátano y carne a la brasa, todo ello embriagado por el sabor auténtico que tienen los alimentos cuando se preparan sobre puro fuego.

En el chaco tuve tiempo de echarme una siestecilla en una tabla de madera, mientras me picaban los mosquitos, y de seguir con mi artesanía. Salí a buscar semillas de sirari, pero sólo encontré cuatro o cinco, porque no es la época en que el árbol las produce. A cambio la Pachamama quiso compensarme con una montaña de motacús, tirados ahí en el suelo, como si estuvieran esperando a que yo los encontrara. Teníais que haber visto mi cara de felicidad en aquel momento… Y cómo pesaban mis bolsillos un poco más tarde.

En definitiva, el chaco de San Ignacio me regaló plantas verdes, frutas tropicales, mariposas de colores… y el magnífico patujú, una flor verde, amarilla y roja, que cuelga boca abajo y que simboliza el oriente de Bolivia. Ésta, junto a la flor kantuta, que simboliza el occidente, es símbolo del país, por llevar en sus trajes autóctonos los tres colores de la bandera, lo que se considera representa la unidad.

Así, con tantos y tantos momentos bellos, me subí en un bus de camino al Perú, dejando atrás San Ignacio, la pampa, y la selva, para cruzar de vuelta la temida carretera de los Yungas y arribar hasta La Paz, desde donde me dirigí al lago Titicaca, punto de inicio en el que uno deshace el altiplano y resquebraja los cañones que desembocan en el árido desierto que llega hasta Lima.

Hoy he vuelto a camuflarme en ésta, mi habitación, para transmitiros un poquito de lo que se puede descubrir en el país vecino: Bolivia.

26 mar. 2010

Bolivia 2: Pampa y Río Yacuma


Empecé aquel día con deliciosas empanadas de queso y masaco de plátano (plátano frito molido mezclado con charque, carne deshidratada tipo cecina, todo ello acompañado de arroz).Después de este imponente desayuno en el mercado de Rurrenabaque, que para mí es definitivamente un almuerzo, salí hacia la pampa de la región del Beni.

Empleé unas cuantas horas por caminos de tierra arcillosa hasta llegar al pueblecito de Santa Rosa, conformado por casitas hechas a base de un tipo de bambú (tacuara) y cuyos tejados no son otra cosa que hojas secas de palmera entrelazadas. Una vez ahí ya no estaba tan lejos del pequeño embarcadero natural, donde hasta las canoas me esperaban. Y sobre una de ellas comencé a subir por el Río Yacuma, durante varias horas, desordenando las aguas negras y quebrando ese reflejo que devuelven a modo de espejo.

Las orillas de aquel río se vestían de un verde reluciente, adornándose con flores, y sus cabellos nubosos portaban un tocado hecho a base de aves que volaban buscando alimento. El barquero iba en la proa, resaltando el punto exacto en el que se anuda el agua con el cielo, como la vela blanca de un pequeño barco que se mueve por el viento. Rodeada de tanta belleza, en el río Yacuma, sentí una libertad salvaje, inmensa, sin límites ni fronteras.

De pronto, entre los matorrales de la orilla oeste, el animal que más curiosidad me daba se dejaba ver entre las plantas: ¡una capibara! El roedor más grande del mundo, registrado en mi diccionario como “hipopótamo-rata”, se bañaba apaciblemente en un charquito junto a una de sus crías. Fascinante. Poco después, los monos chichilos comenzaron a chillar al ver una banana, por culpa de la cual algunos se subieron al bote trepando incluso por encima de mi cuerpo, como si fuera yo un arbusto repleto de ramas.

Debido a la fuerte humedad y al calor de la zona, que producen sudores continuos, no pude resistirme ante la posibilidad de zambullirme en el agua. Así que me quité las gafas y la ropa, y desde la canoa salté al río, del que no veía fondo o movimiento. Y en mitad de esa opacidad tan ciega me asusté un poco, porque los bufeos (delfines rosados) estaban mordisqueando el muslo de mi pierna izquierda. Pero ese sobresalto se transformó rápidamente en carcajadas, porque lo que sus largos picos producían no es dolor, sino cosquillas.

Que tu despertador sea el aullido de los monos manechi cuando el sol asoma allá en el horizonte, y no un pitido insoportable, es algo extraordinario.

En aquel paraje descubrí tantos tipos nuevos de aves… Cormoranes (excelentes pescadores), blancas y elegantes garzas, tucanes. Batos o jabirú stork, un tipo de cigüeña conocida como el cóndor de las pampas. Decenas de lindísimos sereres, una especie de gallina que sólo puede volar 20 o 30 metros y que canta en plena oscuridad… Y por supuesto no puedo dejarme en el tintero a las románticas parabas, quienes vuelan siempre junto a otra paraba, manteniendo dicha unión toda la vida.

Un día me encontré con el bicho más raro que he visto hasta hoy. Tardé un buen rato en darme cuenta de que estaba a mi lado, a pesar de ser tan grande como una de mis manos... Es algo así como uno de esos insectos-palo, pero con pinta de hoja. Por eso lo denominé “insecto-hoja”. Pero la convivencia con el mundo de los más pequeños también tiene consecuencias. Y eso que yo tuve suerte. A mí sólo me acribillaron todos y cada uno de los mosquitos que viven por la pampa. Además se me subieron por las piernas japutamos, unos seres microscópicos que te pican y se desplazan a otro lugar de tu cuerpo, para volver a picar, y así una y otra vez hasta que los matas con alcohol. Agarré también mariguíes, unas mosquitas que te dejan un puntito rojo muy pequeño pero rodeado de un circulo amplio y rojizo que pica desenfrenadamente... Y para terminar me picó en la cabeza un “peto”, que para mí no es más que una abeja gigante y negra que te deja su tremendo aguijón dentro de la piel.

Es cierto que duele bastante sacar ese aguijón incrustado, pero fuera de eso estoy a salvo, y considero que no me ha ido nada mal. Porque en el área de la pampa existe un lado más temible y peligroso… el de los caimanes negros y aligátores (que aquí, cómicamente, les llaman lagartos). Pero hasta en dichas especies uno puede hallar ternura, como cuando en la noche los ojitos casi rojos de las crías sobresalen en el río, brillando en la superficie.

Alguna tarde estuve intentando pescar pirañas… sin éxito. Y cuando no había nubes, unas tortugas de tamaño considerable (conocidas como “petas”) salían a solearse, apoyadas normalmente sobre algún tronco flotante. Vi como un oso hormiguero descansaba entre altas ramas… Y menos suerte – o quizás más- tuve con las serpientes, pues ni cobras ni anacondas, que son las dos especies más comunes del lugar, me encontré yo por la pampa.

La pampa es como una sabana gigante, poblada por altas hierbas y pajas que te llegan hasta la altura de la cabeza. Durante cientos de metros, sólo ves una tropa de hilos amarillentos desfilando bajo órdenes del viento. Y en mitad de esa legión, escasas pero valientes islas de vegetación parecen prepararse para la batalla, cargadas única y exclusivamente con metralla color verde intenso. En definitiva, una genuina guerra por alcanzar la belleza.

Pero las guerras siempre traen heridos, y en este caso algunas pajas son tan finas y tan resistentes que te rajan al rozarlas. Y como en cualquier otro ecosistema, no todo es tan sencillo, y el hábitat que adoran ciertas especies animales no es siempre el más adecuado para el ser humano. O al menos no lo fue para mí… acepto que a veces tengo límites.

En la pampa es muy difícil avanzar. El suelo, debido a las lluvias, está pantanoso; es un completo barrizal. Además uno debe ir provisto con unas rígidas botas altas que pesan bastante, pero que aíslan en caso de que una serpiente te muerda. Mi contratiempo empezó cuando no había botas de mi tamaño… y las que encontré resultaron ser tan solo tres o cuatro tallas más grandes. Por si fuera poco estaban rotas, y desde mis primeros pasos se llenaron de agua embarrada. Así que no me quedó otra opción que ir arrastrándome por aquella ciénaga durante todo el rato, como si de arenas movedizas que te absorben se tratara. Reconozco que la sensación no era precisamente placentera.... Llovía, estaba empapada, y para colmo perdí el equilibrio al enredarme y tropezarme con un montón de pajas, y me caí al suelo. Sí, claro que me reí, pero fue también uno de los momentos que más me agobiaron a lo largo del viaje… Y en aquel momento me rendí. No obstante, más adelante, he dado algún que otro paseo por las pampas del Yacuma, y he de decir que cuando el suelo está más seco, cuando no llueve, caminar es sólo igual de complicado que los deportes de riesgo: hay un reto, sí, pero éste se supera disfrutando.

En el Río Yacuma viví una noche bajo la luna llena, y otras tantas más bajo la Cruz del Sur, y todas ellas, siempre, lo hacía frente a las canoas. Me acunaba en una hamaca con mi té y mi cigarrito de liar... Y amaba la pampa.

Por eso me alejé de allí bajo el embrujo de un recuerdo poderoso… repitiendo una y otra vez para mis adentros: “volveré”.