31 ene. 2008

¿Irrealidad?


Mente en blanco. De nada me acuerdo cuando vuelve a pasarme. Espera un momento, me has absorbido. Una vez más. ¿Cómo lo haces? Ojalá fuese capaz de darte esto pues, aunque no diga nada, el simple hecho de que te lo escriba a ti, lo dice todo. Si… Viajar hasta Seúl.

* * * * *

Y esta vez sí, por fin, lo he hecho. He vencido esa asfixiante presión que me aplasta el pecho. No sé ni cómo. Ni tampoco por qué. Pero se me había olvidado lo sensual que se escuchan tus susurros estando tan cerca. Y ahora no dejo de sonreírme. ¿Qué pasa? ¿Estaré iniciando mi viaje a Seúl?

* * * * *

Y de pronto, Seúl se aproxima.

Y ya estás a mi lado. Y aunque no me ha dado tiempo a prepararme puedo olerte. Y hablarte. Y escucharte. Y aunque la sensación del frío no me abandona, puedo percibir el chorro de agua cálida que mana de tus pupilas desde allí, desde detrás de esa cortina ondulada. Y de repente me pierdo tras ella y me lanzo a un profundo abismo. Y de repente regreso.

Y así, sin más, Seúl se aleja de nuevo.

30 ene. 2008

Una segunda adolescencia....


Deseé golpear mi cabeza contra la mesa de esta biblioteca. Me sentí estúpida por no haberte mirado, por no haberte saludado, por haberme bloqueado una vez más bajo esa presión tan fuerte como el silencio. Maldito silencio hoy que me va alejando de ti. Aunque, en realidad, nunca he estado cerca.

Te escribo a pocos metros y, hace tan solo unos segundos, pensé que ya te habías ido. «Gírate», pienso ahora. Y no dando crédito a lo que veo, comienzas a mover la cabeza. A punto de coincidir, me giro apartando los ojos. Esa miserable presión ha vuelto a aplastarme el pecho. Y así, seguramente, no podrás escucharme.

Tu risa excita mi rubor entre tanto chismorreo. Tus ojos me han calado de inocencia. He vuelto a ser una niña. De pronto.

29 ene. 2008

Aun sin mirarnos



Entre la gente. Por los pasillos. Descubro tu inconfundible vestimenta en el vaivén de la multitud. Te miro no tan disimuladamente y de repente te giras. Tus ojos van a caer directamente sobre los míos. Y aguantamos la mirada, no sé por cuanto tiempo. Ni un movimiento, ni un pestañeo. ¿Tú también me estás mirando? En la distancia es muy difícil concretar la dirección de tus pupilas. Y sin embargo siento que todavía seguimos mirándonos. De lejos…

Entre la misma gente. En la misma habitación. Te miro cuando no miras y me miras cuando no miro. O eso creo. O eso imagino. Pero ni tú ni yo estamos seguros: si coinciden las miradas por error las despistamos en seguida. Ahora el juego ha cambiado, ninguno es capaz de aguantar la mirada sin pestañear. Y sin embargo siento que todavía sigues mirándome. De cerca…

Un instante. Un encuentro. Un cruce repentino de miradas mientras casi nos rozamos. Y aunque eso me encantaría, cada uno sigue, como siempre, su camino. Me pregunto si el espacio reducido no te inquieta a ti, como me inquieta a mí. Y es que ya no articulamos palabra. Desde hace días parece que, con mirar, a los dos nos basta. ¿O será sólo a mí? Te has alejado y, sin embargo, sigo mirándote.

23 ene. 2008

Y más allá

Mirando un papel en blanco y, después, hacia el infinito. Éste último sólo puedo imaginarlo: en frente de mí, un muro de ladrillo me impide divisarlo. Pero mi mente vuela, y entre nubes de humo denso recorre, se pierde y después se aleja de esta habitación cerrada. Y llega más lejos de lo que lo han hecho mis pies. Se vuelve fuerte, se transforma en jirones de confianza y crece. Crece tanto que logra escaparse de mi cabeza. Y entonces, por fin, mi mente puede vislumbrar el infinito.

22 ene. 2008

Madrid - Atenas

Estabas frente a mí y tus grandes ojos negros se tornaron brillantes. Tus cejas, pobladas y densas, se arquearon con asombro. Te acaricié la cara. Tu piel morena y un tanto demacrada se plegó en hoyuelos mientras sonreías. Y sentí un deseo irrefrenable de solaparme a tu delgado cuerpo y camuflarme bajo tu cazadora de cuero.

Casi rozándote pensé: « ¿pero tú no estabas en Atenas? ». Y como si me hubieses escuchado respondiste, bromeando, que lo estaba soñando.

A punto ya de besarte, me desperté de un sobresalto… Lo estaba soñando. Y soñando yo esta noche viajaré hasta Atenas, y cuando por fin te haya besado te preguntarás, alucinado, si no lo estás soñando.

21 ene. 2008

No siempre se vuelve


Tambaleó mi mundo. De pronto, todo se resquebrajó bajo mis pies. Parecía como si un terremoto azotase furioso mi tranquilidad. Y ésta, sin suspirar, se desmoronó al instante.

Volví a la realidad. De repente estaba fingiendo que no pasaba nada. Y mientras mantenía a duras penas la fachada a flote, todo mi ser inundábase de dudas.

Paralizada. Durante no sé cuánto tiempo. Y a lo largo de ese transcurrir abominable, me visitó la angustia, la rabia, la pena y, sobre todo, el pánico. Pero ya nada podía constatar mis hipótesis. Todo se había esfumado.

Agitada. Salí corriendo a la calle para gritarle al cielo. Pero las lágrimas fueron más rápidas que el viento y su amargura me cerró la boca. Y entonces, silencio. Silencio impenetrable y absoluto. Silencio tétrico, obligado y agudo. Silencio eterno. Ante la transformación de mi voz en llanto… Silencio injusto.

15 ene. 2008

Puro viento

Me toca el viento; hoy sopla más fuerte que de costumbre. Al igual que yo, las ramas de los árboles parecen querer huir del tronco al que se aferran. No llueve, pero las nubes rozan mi cabello y lo humedecen.

Aunque ya es de noche, no ha brillado mucho más la luz a lo largo de este día. La penumbra gris lo profanaba todo. También a mí.

Los flirteos de la soledad han terminado seduciéndome, mas no he podido conversar conmigo misma hasta este instante. Ahora, es el rugido del viento el que me ha obligado a escucharme.

Dentro de unos meses, cuando por fin mis pies caminen sobre Jyvaskyla, el viento y yo nos fundiremos en la misma cosa. Y rugiremos juntos. Soplaremos hacia el norte pretendiendo llegar más allá del círculo polar, convirtiéndonos en fugitivos del eterno día.

El viento me contagió hace tiempo su solitario nomadismo. Ahora, la inquietud de sus silbidos y la braveza de sus aullidos, me empujan a dejarme arrastrar por la pasión de convertirme en puro viento.

14 ene. 2008

Soledad


Impermeabilidad del llanto. Lluvia de nada. Silencio ensordecedor en la inapreciable inmensidad de un solo segundo.

Una rosa cuelga boca abajo recordándome la dirección que siguen mis pasos. A ella le ha pasado algo peor que marchitarse: en su intento por detener la fugacidad del tiempo, se ha secado.

Vacío cercano, abismo musical y olfato tenue. Dueña de los ojos de un ciego que no es ciego, me pierdo cada día en el mismo lugar.

8 ene. 2008

La abuela Rita


La brisa empuja mi pelo, haciéndome notar el frescor del invierno en las orejas. Mis pasos persiguen los rayos de sol que se cuelan por entre las nubes. No muy lejos de este lugar descansas tú.

Es posible que no visite tu tumba muy a menudo; es más, en rara ocasión lo he hecho. Y es que enfrentarse a tu lápida no ayuda a sonreír. Al menos, no a mí. Pero eso no significa que no me acuerde de ti. Creo que todos nos acordamos de ti.

La abuela preparaba ayer noche la cena y, mientras removía ensimismada las acelgas, me confesó que sólo puede pensar en ti. Me contó que no está triste, pero que no disfruta de estar despierta; que cada día espera con impaciencia a que llegue la noche para irse a dormir. Y esto, abuelito, es porque sueña contigo. ¡A veces sólo un instante! Pero apareces frente a ella vestido de militar, como cuando eras joven. Ella te ve, te escucha, y también te huele. Y entonces, aunque sea estando dormida, vuelve a tocarte. En ese momento, abuelo, ella es capaz de sentir tu presencia como si aún estuvieses vivo.

Y se despierta complacida, aunque reconoce que preferiría seguir durmiendo.

Por eso he venido hoy hasta aquí, y por eso estoy ahora frente a tu tumba. Sé que no habrás olvidado que sigues siendo tú el que le da fuerzas suficientes a la abuela para mantenerse despierta hasta que pueda soñar otra vez. Pero, por si acaso, abuelito, quería recordártelo.