20 may. 2006

Duele tu ausencia

En mitad de un pedregal sediento, entre dunas de fría arena que agita el viento, un ejército de jaimas y artefactos fabricados con adobe, luchan por la lejana libertad.
Libertad que en el desierto se hace cercana con solo nombrarla. La libertad de una persona, de una familia, de un pueblo entero. La libertad del Sahara Occidental.

Un país olvidado en el desierto del desierto. Vida, en el corazón de la muerte. Ilusión, donde otros sólo podrían sentir indiferencia. En lo más profundo de la nada, una tropa de voluntad constante se disputa por sobrevivir.

¿Qué puede decirse de un lugar en el que no crecen las flores y sin embargo reinan los colores? ¿Qué puede decirse de un lugar donde la noche no conoce la oscuridad absoluta? ¿Qué puede decirse de un lugar en el que sólo se combate el tiempo?

El Sahara… sólo su nombre me produce una sensación como de brisa suave, apaciguada. Y es así como la vida transcurre en los campamentos. Constante ir y venir de atardeceres mientras se espera algo. Algo tan esencial como la libertad. Libertad con la que sueñan, libertad por la que aman. Libertad a la que esperan todos y cada uno de los refugiados saharauis…
Una espera que, a más de 30 años de haber comenzado, sólo ha utilizado como arma la palabra y como escudo, la paz.