20 feb. 2010

Primeras Impresiones


Nada más llegar, la primera percepción que tuve fue la que muchos tendréis del verano. No sólo por el calor intenso que me golpeó al bajarme del avión, sino por el comienzo de una nueva etapa que uno espera para ser, si puede, un poquito más libre que de costumbre. Había olvidado esa sensación que se tiene cuando se es un completo desconocido… Y como invisible, empecé a cruzar las calles de esta gigantesca urbe.


Estímulos, cambios, sorpresas…Todo es nuevo. Y diferente.


Lima se presenta ajetreada pero linda. Es una ciudad de contrastes, contradictoria. Hay algunos barrios de edificios grises de 50 plantas y otros en los que las casitas bajas de colores están rodeadas de verdaderas plantas. Esto, no sería sorprendente si el cambio no fuese de una manzana a otra, o como dicen aquí, “de una cuadra a otra”. En las aceras, además de gente y más gente, hay pequeños negocios que se especializan por calles. Está la calle de las telas, la de los neumáticos, la de los colchones… Y salteados por las esquinas, puestecitos de “jugos” naturales, sobre todo de caña de azúcar y papaya. Lima no está tan sucia como había pensado, pero tiene más contaminación de la que me esperaba. No hay nada realmente establecido, las reglas sólo están aquí para saltárselas… Resuenan cumbias, pitidos, y el acento del sur. Se oye también, y además se respira, amor. Quizás sea cosa del buen tiempo (tan bueno que me he quemado la nariz), pero a mí me da que es la naturalidad con la que vive esta gente la que hace que surjan parejas hasta por debajo de las piedras. ¡Y están todas acarameladas! Es una pasada.


En los pasos de cebra, los niños hacen piruetas tratando de que algún conductor se compadezca y suelte algo de dinero. Las abuelitas, con sus dos trenzas canosas, se ganan la vida en los semáforos, limpiando los cristales de los “carros”. Los vendedores de helados se suben a los “micros” cuando están en marcha… Por cierto, ¡hoy he cogido el primero! Parecerá una tontería, quizás, pero desplazarse en Lima es toda una aventura de alta dificultad. Hay varios tipos de transporte público: omnibús, autobús, bus y micro (que no son lo mismo) y de cada uno hay trescientos números, algunos de ellos con varias letras. Como anécdota, diré que son como de juguete: coloridos, con pegatinas varias, y ruidosos. Los lugares para esperar a estos transportes están establecidos, pero por supuesto no están señalados con paradas. Así es que colocarse en el lugar exacto por el que pase tu transporte exacto, y más allá, identificarlo, es algo casi inverosímil. Pero pasa. Y finalmente, sin saber ni cómo, llegas al lugar que andabas buscando. Hoy me ha salido bien, es cierto, pero a medida que me voy moviendo me percato de en qué grado estoy perdida y deambulando… Creo que esta vez necesitaré un buen tiempo para desplazarme con soltura, y es que hay cosas en las que un europeo tiene que espabilar cuando viene a Sudamérica.


El lugar en el que vivo es bastante tranquilo, y aunque las calles están enmarcadas entre dos grandes avenidas, dentro del barrio no hay ruido. La casita entera me encantó desde que entré en ella, sobre todo por la independencia pero cercanía que tiene mi habitación, y ya me siento como en casa. Esto, quiero recalcarlo, en gran parte se lo debo a Doña Rosita y a sus carcajadas. Rosita es la mujer que vive aquí desde hace 22 años, y me ha acogido con los brazos abiertos, siempre riendo, y ya charlando durante horas me ha hecho sentir parte de su hogar. Además de divertida, tierna y sensiblona (como a mí me gusta), es experta en comida criolla: aprendió recetas desde niña, en el norte del Perú. ¡Y lo mejor es que le encanta cocinar! Cremas de verduras, yuca frita, arroz con incontables condimentos, cordero al horno con salsita de no sé qué, zumos y refrescos naturales, postres gelatinosos con trocitos de frutas… Estoy decidida a convertirme en su discípula durante unos meses y así, cuando vuelva, con un poco de suerte podré invitaros a probar algo de la seductora gastronomía peruana.