11 nov. 2008

Sin avisar

Con tu llegada a Finlandia llegó también la realidad. La realidad amarga. La realidad que aflige y que atormenta. La realidad que apena. Te olvidaste de guardar en tu macuto ese respeto que hasta ahora nos teníamos. Ése que tanto pesa. Y aquel descuido me sobrecogió, pues hasta ahora siempre había sido imprescindible en tu equipaje por la vida. Entonces, no sólo enmudeció mi sorpresa: se disipó también mi última certeza.


Después de aquel reencuentro, sólo recuerdo caudales siniestros chorreando sin pausa, rugiendo, como consecuencia de mi pensamiento equívoco. Y de pronto un estallido enfermizo. Y un muro inmenso. Esta vez sí, un muro tan sólido y tan irrompible como transparente. Un muro de metacrilato.


Y yo que creía que todo lo que uno ha cosechado terminaba por alimentar. Yo que creía en la lógica y en el esfuerzo. Creía que cuando uno decide terminar algo, de verdad ese algo se termina. Creía que todo era posible cuando se creía en ello. ¡Me creí dueña de la verdad! Y de verdad me creí en lo cierto. Pero lo cierto es que no creí que todo en lo que yo creía resultara ser mentira.


No esperaba tanto… No esperaba esto. Eso es todo. En un ensueño fugazmente contraído todo lo desordenaste, y casi llega a afectarme. Pero hoy, sólo tú te has cargado en el macuto algo mucho más pesado que el respeto: la ausencia del mismo.


Y algo me arruga el cuerpo cuando pienso en lo que escribo. Me parece como si el pleno conocimiento mutuo se hubiese perdido. No soy hoy la alegría de la huerta pero, a pesar de todo, aquí en Finlandia todo vuelve a estar en su sitio.

10 nov. 2008

Muro

El fin del silencioso humo asombró al metacrilato del ego de nadie.