Desmotivada. Sin encontrar por ningún lado la razón por la que hoy me muevo. Ante mi asombro, has sido tú quien se ha acordado de mí esta tarde… Hacía sólo unas horas que yo pensaba en llamarte. Y es que yo también añoro hablar contigo, verte a diario, compartir las experiencias que al final tanto nos unen.
Y ahora me parece eterna la espera, pero sé seguro que, sin darnos cuenta, estaremos las dos subidas en un avión, rumbo a Argelia, para pisar tras un largo viaje nuestro añorado desierto.
Por fin, de frente a nada, nos reuniremos por las mañanas ante una jaima. Por las tardes, nos sentaremos frente a las dunas y, por las noches, al fin, charlaremos bajo ese cielo sepulcral de estrellas. Y volveremos a reír como lo hicimos aquellos días. Volveremos al lugar en el que de verdad nos conocimos. Tú y yo, juntas. De nuevo.
Y es cierto, Raquel, que sólo tú eres consciente de cuánto añoro el Sahara… Lo que no sabes, amiga, es cuánto te extraño a ti.
En un día desconsolado, tus palabras son las únicas que me han llevado a sonreír. Gracias, una vez más, por no olvidarte de mí. Eres un tesoro de mi vida que, sin duda, tardé más tiempo del que yo hubiese elegido en descubrir.