26 sept 2008

Atreviéndome a soñar

Atreviéndome a soñar, lejos de mi hogar, que todavía lo tengo.
Aventurándome a imaginar que no escaparé de vuestras memorias, como muchos otros escaparon de la mía.
Osando creer que los kilómetros no exigen la distancia y que los días pueden parecer segundos.
Hoy, me arriesgo a pensar que quizás sirva de algo lo que hago, que quizás sirva de algo lo que escribo.

Os echo de menos… Pero vuestro apoyo es algo que jamás he echado en falta. Gracias.

25 sept 2008

Actúa


¿Qué harías TÚ si te despertase mañana el sonido de una bomba? ¿Qué harías si de pronto te quedases sordo? ¿Si perdieses una pierna?
ELLOS dieron la vida por mantener su autonomía. Escucharon el chillido de la pertenencia y caminaron contra la injusticia.

¿Qué harías TÚ si mañana tuvieses que abandonar tu casa sin poderte llevar nada? ¿Qué harías si tu familia se quedase al otro lado de un muro minado?
ELLOS construyeron lejos de su patria, sus hogares, y se mantuvieron unidos contra todo tipo de opresión.

¿Qué harías TÚ si, después de todo esto, te vieses perdido en mitad de un desierto inmenso? ¿Qué harías allí sin agua, sin comida, sin ninguna posibilidad?
ELLOS levantaron un país en el exilio. Y aunque bebieron calor y comieron piedras… Todavía hoy se alimentan de la lucha por la libertad.

TÚ que puedes hablar, sin que por ello te juzguen, no te calles.
TÚ que puedes gritar, sin que por ello te torturen, no sólo hables.
TÚ que puedes actuar, sin que por ello te maten, no sólo grites.

Un día, por 33 años.
LIBERTAD PARA EL PUEBLO SAHARAUI.

24 sept 2008

Mi primer soneto tuyo

- Desde Finlandia hasta Coslada -




Se despiertan. Les quito las legañas.
Los ojos cerrados de quien confía
se escapan de esta habitación mohína,
corriendo hacia la puerta de la casa.

Buscan en montones de periódicos,
y revuelven, necios, la publicidad.
Les ridiculiza la banalidad…
No ven tu carta mis ojos crujidos.

¿Sabes tú que ésta vez no es la primera?
¡Que la última mañana no será!
Pero aún confío: me darás mi droga.

Si no, como ese libro en primavera,
el otoño finlandés se morirá
con una de sus cuatro esquinas, rota.

23 sept 2008

¿Un defecto?


Dices, que lo que más me gusta de ti, es un defecto…
Por favor, no me dejes conocer tus virtudes.

21 sept 2008

Sola


En la soledad que abandona la soledad,
en el silencio que calla el silencio,
yo busqué esta noche alguna voz,
y un poco de compañía.
Pero callada, y abandonada,
se me ha vuelto a hacer de día.

19 sept 2008

Paloma


Vives todo antes de que se muera.
Tú puedes hacerlo perdurar.

Buscas y rebuscas eso que, alguien,
definió algún día como lógico.
Pero tu existencia es puro sentimiento.
Una casualidad.

Te planteas cada asunto
atribuyéndole cientos de opciones.
Donde otros sólo ven posible una lectura,
tú sabes imaginar.

Eres el motor de cambio
para el que se haya estancado.
Haces despertar al que anda adormilado,
impulsándole a arriesgarse y a soñar.

Para conectar con alguien
no hacen falta años.
El que apreció tu alma en un solo segundo,
asimiló que había que luchar.

Como dijiste tú esa noche:
“Cuánto ansiaba hablar con alguien,
¡hablar de verdad!
Y no quedarme encerrada en una risa banal”.

Cogiste una libreta
para inaugurarla y ensuciarla,
para llenarla de garabatos que, después,
te costaría descifrar.

Fuiste tú misma durante algunas horas,
justo hasta que comenzó a salir el sol.
Y proporcionaste calor a Finlandia,
a través de un frío ordenador.

Y sólo espero que esa noche,

esa increíble noche,

no te pareciese un sueño extraño

y por el contrario sea ahora, parte de tu memoria.

No te enfades conmigo, Paloma.

No te echo de menos.

Pero no te echo de menos,

porque estás aquí, a mi lado.

18 sept 2008

Sin duda


Acordes sencillos sobre un teclado desencadenan melodías abrumadoras. Me ilumina hoy la cegadora luz del recuerdo. De pronto, regreso al Sahara. Es el poder de la música.

Se condensan mis latidos, mi pecho estalla. Tiritan mis manos mientras van soltando tinta color sangre. Puedo respirar el aire del desierto, aún estando lejos.

El tiempo siempre ha jugado malas pasadas. Pero yo no necesito comprender la historia, ni el día a día. Ni siquiera necesito comprender la vida. No necesito más que el sentimiento que tengo. Ése que me acompaña valla donde valla. Ése que permanece intacto, a pesar de todos mis cambios.

Llegará ese día. Lo sé. Llegará ese día en que volváis a vuestras tierras. Ése día en el que os despertéis delante de la playa. El día en que volváis a estar todos juntos, el día en el que ya no pueda distanciaros de lo que más necesitáis, un cruel muro.

Aunque carezcáis de libertad, sois de los pocos humanos que hoy pueden amarla. Y si yo algún día he conseguido olerla, rozarla, acariciarla, ha sido sólo por vuestro verdadero sentimiento.

Dejaré todo cuanto hoy poseo. Dejaré mi familia, mi país, mi rutina. Dejaré todo cuanto he vivido por luchar a vuestro lado. Por sentir que así la vida que me han dado, servirá para conseguir algo.

Sólo puedo imaginar ese reencuentro. Ese día en que aterrice en vuestros campamentos, para nunca más abandonaros. Para mantenerme siempre a vuestro lado, saharauis, hermanos.

Nunca antes tuve tan claro a lo que quiero dedicar todos y cada uno de mis días. Alcanzaréis la libertad. Aunque hasta hoy ni siquiera hayáis probado un pedazo, sois vosotros quienes, a mí, me la habéis regalado. Vosotros.

Nada hay hoy más merecido que vuestro derecho a decidir, a crecer, a sentir. No hay nada más injusto que sigáis lejos de vuestras casas. No hay nada hoy, sobre el planeta Tierra, más amado que el Sahara Occidental.

Lo lograremos, amigos, hermanos. Podremos con el enemigo. ¡Con el mundo entero si se hace necesario! Podremos con 33 años y los que hagan falta. Podremos con la guerra, con el miedo, con el exilio y con la represión. Juntos, podremos.

En el fondo el mundo entero ya lo sabe… llegará el momento en el que piséis de nuevo el Sahara, pero esta vez, liberado.

Unidos, lo conseguiremos.

¡ SAHARA LIBRE !

¡ SAHARA HURRIA !

17 sept 2008

Desde fuera


Desde fuera, algunos hablan de distancia inaguantable, de vacío intenso, de miedo.
La mayoría creen que es imaginación, cuestión de tiempo, sufrimiento.
Muchos dicen que no es real, que va a morir, que no se sostendrá.
Otros lo tachan de tortura, de ideal y de locura.

Desde fuera, lo ven como argumento para un libro, como un inicio estúpido de ingenuidad.
Lo entienden como si fuese una ficción caótica con próximo final.
Lo relacionan con la imposibilidad soñada, con un cuento inventado.
Lo tratan de sentimiento inverosímil que nadie puede soportar.

Y, desde dentro… yo sólo puedo reír ante sus infelices pensamientos: ninguno de ellos sabe aún lo que es amar.

15 sept 2008

Podemos

Podemos cegar la vista del que creyó verlo todo.
Podemos abrir los ojos de quien los tiene cerrados.

Podemos silenciar las bocas de los que hablan demasiado.
Podemos hacer que griten quienes permanecieron callados.

Podemos negar la lógica, probar lo increíble.
Podemos cambiar todo eso que nos propongamos…

¿Que por qué podemos?
Porque creemos. Y porque estamos juntos.
Y juntos… podemos.

14 sept 2008

Rompiendo esquemas (III)

Destrozas los estereotipos que intenté instaurar un día sobre mí. Ya sé que no seré lo que no soy.

Fingir, disimular, mentir. Todo vale, menos contigo. Y menos conmigo. A nosotros, es imposible que Alicia nos engañe. Y si por un momento intentó hacer de la farsa su propósito, algo parecido a la conciencia colocó súbitamente un espejo frente a ella.

Vuelves, después de haberte ido por un tiempo, y rompes mis esquemas otra vez. En un reflejo me devuelves lo que fui, recordándome que aún soy.

Gracias.

13 sept 2008

Letras torcidas

Sin ningún oído alrededor, siento que alguien me escucha. Por fin, doto de vida a lo inerte. Papel mojado, arrugado y viejo… ahora te verás lleno. Rebosarás de aliento y de energía. En una noche fría de un verano que no existe, que se ha esfumado, habrás nacido.

Me abrazan sólo mis letras. Hoy prescindo del idioma de los gestos, del constante pensamiento. Víctima de mi silencio, de mi propia hipocresía. Estoy donde he elegido y donde no deseo. Abstracta monotonía… avanzas lentamente usurpándome el remedio. La cama estrecha en la que me recuesto, parece inmensa. Vagabunda soledad, ven a mis brazos, aquí encontrarás cobijo durante un año. Desierto del tacto… Este será tu hogar cuando te vuelvas áspero. Y tú, envidioso dolor, podrás pernoctar entre mis sábanas, cuando la irritación ahogue tu cuello. Aún queda un lugar cálido para todos vosotros, fugitivos, bajo mi edredón nórdico.

Mientras alrededor otros crean recuerdos, mis hábitos se esfuerzan por hallar la inadvertencia. Soy un tronco más de los que hay en el bosque. Inmóvil, quieto. Por un momento todo pareció haber terminado pero, de pronto, resucitó la vida. Para recordarme que aún no he muerto. Mis raíces se estremecen ahí abajo… con descender los escalones las alcanzo. Y sin embargo tira de mí, hacia arriba, una cadena de acero que lucha contra la naturaleza. Bombardeo identidades… sin ser yo misma.

Hasta hoy nunca pensé que escribir sería una ventaja. Frases desordenadas que resguardan trazos recubiertos de nostalgia. Me arrimo al vocabulario. Me domina la muñeca. En pequeños movimientos puedo ser lo que yo quiera. Y aferrándome a un montón de letras, lo consigo. Eso es todo.

7 sept 2008

Mi nuevo rincón


Sentada en un banquito de madera, situado justo a la orilla del lago que hay al lado de mi casa, me parece haber encontrado ese lugar que buscaba. El lugar de mis letras, el de mi inspiración. Ese lugar en el que estar conmigo misma sin que nadie perturbe mi soledad.

Echo la vista a atrás, y recuerdo aquellos días en los que empecé a sentir que Finlandia era un destino para mí. No conozco mucho aún de este país, y sin embargo ya me está persuadiendo. Creo que no me equivocaba…

En cualquier escondrijo se puede respirar eso que llaman paz, que llega hasta mí a través de suaves ondas en el agua, o a través del olor a pino. El musgo verde reluciente y húmedo sobre las rocas, la infinitud de setas y de hojas sobre la hierba… El otoño se aproxima plagando los bosques de colores que relucen cuando el sol se cuela entre las copas de los árboles. Aquí sólo escucho el piar de los pájaros, el rumor de algún que otro riachuelo y, claro está, el silencio. Así no debo echar de menos mi rutina. Aquí, el día a día, es muy distinto. Pero me gustaría compartir esta belleza con vosotros. Y es que, lo único que le falta a Jyväskylä, es la gente que más quiero.

Por lo demás, me atrevería a decir que es perfecto.

4 sept 2008

Jyväskylä

Agotada. Después de varios días transitando la ciudad de un lado para otro, solucionando los inconvenientes burocráticos y ubicándome en mi nueva facultad, por fin encuentro un rato tranquilo para sentarme a escribir. Y no me siento tan a gusto como en la terraza de mi casa, pero he de reconocer que las vistas desde este balcón son infinitamente más bonitas.

Jyväskylä se me ha mostrado enormemente cuidada y respetada. Parece como si sus habitantes de verdad la amaran. Me pregunto si, ellos, no se cansan de vivir aquí, como yo me canso de Madrid. Supongo que la quietud de este sitio engancha.

La ciudad es muy pequeña y sosegada, cosa que no cambia en el centro. Se respira un aire como de pueblo… y el olor del monte humedecido por la lluvia, por supuesto.

Los edificios de la universidad no me parecen tan extraordinarios como piensa (o dice) el resto de la gente. Pero es muy posible que yo no sepa apreciar la ¿elegancia? de la arquitectura moderna. De cualquier forma, el lugar en el que se sitúa esta universidad es, cuanto menos, hermoso. Como en un cuento, sus blanquísimas fachadas reposan a los pies de un gran lago, separadas las facultades en dos áreas que se unen a través de un puente no muy largo. Rodeada por pinos que superan la altura de los tejados, la universidad de Jyväskylä espera, con paciencia, la llegada de estudiantes que han nacido en cualquier rincón del mundo. Es impresionante ser consciente de que, cada día, me sentaré a comer frente a una enorme cristalera que me permite ver la imagen que entre bosques y lagos se crea. Simplemente es precioso.

Pero lo que en realidad me viene camelando es que cada tarde, justo cuando empieza a acurrucarse el sol, Jyväskylä me enseña cómo contemplar los cambios de los tonos del atardecer sobre los troncos de los árboles. El cielo todavía despejado y las copas de los pinos van cambiando poco a poco su color, como si en cada hoja hubiese aposentado un camaleón. Me emboba pensar que, nunca antes, pude imaginar tanta belleza en el ocaso sin tener delante el sol. Impresionantes los sobresaltos que tienen a veces las percepciones. Y es que, al final, va a resultar que la gran ventana que preside mi habitación se está convirtiendo en el motor de transformación de mi cuarto. Ahora, el espacio que queda entre estas cuatro paredes, se asemeja más mi guarida.

Aunque sigo subiendo cada escalón muy lentamente y descendiendo inevitablemente como si me deslizase por un tobogán, no he abandonado esa búsqueda del equilibrio. De abajo a arriba tardo días… ¡y de arriba a abajo un soplido! Pero sigo persiguiendo mi estabilidad. Éste es sólo el principio.

1 sept 2008

Despertar en Jyväskylä

De un sobresalto abro los ojos y, después de remolonear durante un rato, al fin consigo levantarme de la cama.

Irrumpe en mi tenue habitación el sol que entra por los cristales. Lo que más me gusta de este cuarto es su ventana. Grande, tosca, transparente y sin persiana. Nada más ponerme en pie corro a asomarme por ella. Mis pupilas se dilatan y, mis ojos, parpadean. A través de mi ventana puedo ver como, al soplar el viento, los árboles empiezan a bailar estimulados. Los delgados troncos se menean placentera pero involuntariamente, pretendiéndose tocar. Y eso que nunca lo harán.

Parece vibrar la tierra. Y hoy brilla el sol pese a que yo no lo esperaba. A lo lejos, sólo veo bosques. Bosques, bosques y más bosques. De cerca, tan solo pinos. Pinos, pinos y más pinos. Me encanta.

Llegada a Jyväskylä

Como un pez en el desierto,
como un camello en el polo norte,
como un reno en el Amazonas
o como una ballena surcando el cielo.

Así me siento yo entre estas cuatro paredes.

Desorientada, perdida;
fuera de mi ecosistema, de mi medio habitual.

En un lugar que no es el mío.
En una guarida que no es la mía.

Turista, inmigrante, extraña…
Como si careciese de memoria, o de historia.
Como el recién nacido.

Así me siento yo dentro de esta habitación.

Como si nada hubiese vivido,
como si nada de lo que fui hubiese valido.

Tormenta sin truenos…
Me falta el símbolo, mi identidad.
Echo de menos lo conocido.

31 ago 2008

Tren destino, Jyväskylä

- Tren: 932lk
- Andén: 1
-
Asiento: 35 (ventana)
-
Destino: Jyväskylä

Ya estoy en el lugar que me corresponde, continuando la dirección que ayer mismo tomó mi vida. Agarro el bolígrafo de nuevo, para repasar detenidamente los acontecimientos que se han sucedido desde las últimas líneas.

Estaba yo en el puerto de Helsinki fumándome un cigarro, releyendo lo que acababa de escribir y a punto de empezar a andar de nuevo, cuando apareció Timo:
- “¿Qué escribes? ¿Un poema?” – Me preguntó.
- “Que va, es prosa” – contesté yo.

Y, tras darme cuenta, llevaba más de 3 minutos conversando con él en castellano. Y entonces indagué: Timo es finlandés de nacimiento, pero estuvo de Erasmus en Granada hace dos años, y ahora habla casi perfecto mi idioma. Inesperada casualidad… A veces una se ve abordada por un golpe de suerte.

Poco después, atracó uno de los ferrys justo a nuestro lado, y Timo me propuso cogerlo.
- A dónde vamos?” – Y me respondió, sonriendo:
- “A la Isla de Suomenlinna”

Miré sus ojos cautivada por el nombre del lugar y, sin pensármelo dos veces, me levanté del suelo y corrimos juntos hacia el barco. Habrían cambiado mis planes en ese mismo instante, si los hubiese tenido, pero era libre por unas horas. Así que, me lancé a cruzar las aguas junto a él.

Timo resultó ser un chaval muy alocado, alegre y charlatán. En definitiva, un ser humano particular y entretenido. Lo que se suele denominar buena compañía.

Al llegar a Suomenlinna, me di de bruces contra su fortaleza antigua, de piedra, que con aspecto rígido parecía consolidar la historia. Penetramos en la isla tras bajar del barco, y llegamos a un lugar en el que el camino principal se bifurcaba en dos senderos. Sin consultarnos el uno al otro, ambos seguimos por el de la izquierda.

Ya en el interior de la muralla, recorrimos prados verdes y senderos arbolados que escondían, entre sombras, casitas viejas de madera descansando casi inhabitadas. En Suomenlinna, el sosiego sólo se pelea con la calma.

Bajo una vieja iglesia, que para mi asombro hoy se utiliza también como faro, Timo y yo nos columpiamos, como si fuésemos dos niños que juegan por primera vez dentro de un parque. Yo no había imaginado que, durante mi primer día en Finlandia, ya tendría un amigo lugareño con el que ser yo misma. Me sentí llena.

Pasamos largo tiempo desnudando la isla. Acariciando las costas tras profundizar en su interior. Descubrimos de pronto un puente no muy lejano, y lo cruzamos para adentrarnos en la isla vecina. Colinas no muy altas pero prominentes rompían la llanura del verdoso prado. Pequeños acantilados de árboles y flores aún dejaban hueco a las erosionadas rocas que alaban el Mar Báltico. Y sobre una de ellas, Timo y yo, nos fumamos un cigarro, mientras contemplábamos frente a nosotros el océano. Tenía esa sensación de aventura, de plenitud. Ése sentimiento que se tiene cuando a uno le parece poder abrazar el mundo entero entre sus manos. Y me pareció sugerente el hecho de que, Timo, no consiguiese intuir, ni siquiera por un momento, las maravillas de ese paisaje tan asombroso que entonces veían mis ojos. Comprendí que, si yo no era capaz de percibir Madrid como un viajero, Timo tampoco tenía por qué hacerlo. Pero, al menos, trató de comprenderme.

Toda la costa de la segunda isla se hallaba salpicada de cañones provenientes de la época de dominación sueca, ya oxidados por el viento y el salitre. Entre ellos, infiltrado, un antiguo submarino reluciente pedía a gritos sumergirse bajo el mar. Pero los rusos lo prohibieron hace ya unos cuantos años, a cambio de la independencia finlandesa; un acuerdo que es respetado hasta hoy. Yo en ese momento hubiese deseado darle al submarino la independencia que tiene en las profundidades del mar, pero pesaba demasiado como para moverlo solo con Timo.

Ya de regreso en Helsinki capital, nos decidimos por un restaurante chino para cenar. Es insólito pensar que los olores y el sabor de las especias me trasladaron de nuevo hasta el continente asiático, hallándome comiendo en un restaurante del norte de Europa.

Casi reventando nuestras tripas, Timó quiso acompañarme a la estación. Después de recogerla en la consigna, él cargo mi única maleta hasta el mismísimo vagón. Y allí dentro, a sólo dos minutos de comenzar a moverse el tren, nos abrazamos. Acto seguido, Timo se marchó. Me resulta muy extraño haber aterrizado hace menos de veinticuatro horas en Finlandia, y estar ya despidiéndome de alguien. Supongo, que no es mala señal. Aunque siguen sin atraerme las despedidas.

Y, ahora, atrás dejo Helsinki… Con su música y sus aves, con sus calles y los barcos… Con mis primeros recuerdos. Con mi primer aprendizaje finlandés. Antes de conocer algo, no se puede juzgar. Ni Helsinki es tan apático como me habían contado, ni los finlandeses son tan fríos como dicen. A mí, esta ciudad, me ha encantado.

Ahora… me dirijo a Jyväskylä.

Helsinki


Me sorprende la organización de este país: la limpieza de las calles es absoluta, los horarios se cumplen a la perfección, la gente coge su número y espera su turno sin intentar colarse… Y, además, la ciudad de Helsinki no se muestra tan apática como me habían contado. Yo he encontrado mucho encanto por sus calles, la ligereza en el cielo denso, la tranquilidad en el vaivén del puerto y la magia del mercado.

En la que configura la más típica imagen de esta capital, la Plaza del Senado se arrodilla ante una catedral de arquitectura rusa, muy imponente. Blanca y de cúpulas verdes, con estrellas doradas salpicadas sobre ellas, parece rozar el cielo. Los edificios que la rodean abrazan los detalles y son coloridos. Entre ellos, las calles tienen un aspecto bastante pulcro. La música, se escucha al torcer cada esquina: xilófonos y acordeones embelesan mis oídos mientras camino. Y bicicletas, barcos y tranvías, acunan en silencio la tranquilidad que aquí se mima.

En el mercado que hay junto al puerto, se aglutinan todo tipo de frutas del bosque: frambuesas, moras, fresas, arándanos, uvas, bayas… Y se respira el olor del salmón. Se puede sentir el calor con sólo palpar las pieles y lanas; el hueso de reno toma la imagen de curiosos adornos y utensilios trabajados manualmente; y la cerámica es fascinante.

Después de pasear durante horas, me siento a descansar y a comer algo en el borde del puerto, dejando colgar mis piernas sobre el mar. Las gaviotas tratan de comunicarse conmigo mientras los barcos entran y salen agitando las aguas. Un nubarrón grisáceo amenaza con descargar, pero prefiero pensar que no tendrá valor. Allí, a lo lejos, sólo veo árboles. En Helsinki la naturaleza convive en armonía con la urbe.

Reconozco que cada pasito que voy dando se transforma en sorpresa, lo que me provoca una sonrisa tras otra. Desde que volví del Sahara, no me habían sacudido tantos escalofríos en un solo día. Finlandia promete…

Y ahora, voy a seguir deambulando. Tengo escasas horas para conocer Helsinki, antes de subirme al tren que sigue rumbo a Jyväskylä.

Imprevistos en Helsinki


Recién llegada a Helsinki, me encontré con que se habían olvidado mi equipaje. Cuando elegí alejarme del todo lo que es Madrid, no quise incluir las maletas que preparé para traer conmigo.

Así comienza este viaje. Yo sola conmigo misma, sin tener siquiera mis objetos más personales. Por fortuna, hace tiempo que aprendí a no separarme del cuaderno y del bolígrafo, aunque con ello hipotecase mis demás necesidades materiales.

Rumbo a la ciudad, desprovista de bultos, equivoqué la estación de tren a la cual me dirigía. Me bajé del autobús en pleno centro de Helsinki y miré a mi alrededor. Sin que nadie me entendiese, me dije en voz alta a mí misma: “ya he llegado”. Y la sonrisa arqueó mis labios cuando un escalofrío retorció mi cuerpo.

Gente de piel clara y cabello rubio deambulaba por todos lados. Y pensé que, las calles finlandesas, de noche no están tan vacías como yo creía. Por el contrario y para mi suerte, me topé con mucha vida. Pregunté a unos y después a otros. Finalmente, conseguí llegar hasta un hotel.

Recostada en la cama, fumándome el cigarrillo de antes de dormir, ahora escribo. Mañana, si no surge ningún inconveniente, apagaré la luz en Jyväskylä.

30 ago 2008

Hacia Helsinki


De nuevo en el aire. Atrás dejo Dinamarca, con sus costas unas veces alargadas y otras veces, escarpadas. El color que arroja el sol en pleno atardecer recubre el mar de oro brillante. Nunca antes percibí de esta manera la inmensidad del planeta, su curvatura y su ligereza, su grandeza.

Una explanada de cultivos llega más allá de lo que pueden ver mis ojos. Ante mí, la infinitud de este mundo… y la finitud de mi vida. Somos imperceptibles a tanta distancia del suelo.

Dentro de tres horas aterrizaré en Finlandia. Por fin, pisaré el país de innumerables lagos y de colonización boscosa. Me acercaré al fin del mundo y, sobre esa tierra de hielo, conoceré el frío. Me veré obligada a acostumbrarme a la peor de las oscuridades: la que no tiene remedio.

Y en lo que transcurren unos meses estaré sentada dentro de otro avión. Me dejaré caer confusa en otro asiento azul bastante incómodo, junto a un extraño distinto (aunque exactamente igual de extraño) del que viaja hoy a mi lado. Sin embrago, a pesar de hallarme en semejantes circunstancias, es probable que yo sea diferente a lo que soy ahora. Tomaré la dirección contraria, la de regreso, cargándome en la maleta un concepto de Finlandia muy distinto al que seguramente hoy tengo. Con lo incógnito ya aprendido, con los desconocidos siendo amigos. Vividas todas las experiencias que hoy están por venir… Me sentaré rumbo a Madrid habiendo convertido en mía la ciudad de Jyväskylä. Sintiéndome parte de ella. Habiéndola sembrado de recuerdos por sus extensiones y rincones. Conociéndola. Lo que hoy ignoro, mañana será algo querido.

Miro por la ventana y un sin fin de lagos, la vegetación frondosa y verde oscura, las crestas de las costas, el mar y el cielo anaranjados… me recuerdan que, por el momento, el mundo vuelve a presentárseme como algo novedoso. Y es que, mejor que el momento de después de lo ocurrido, e incluso mejor que el propio momento en sí mismo, es el momento de la anticipación. Ése momento en el que todo está por venir.

Estoy preparada.

Breve estancia en Copenhague

Descansando sobre el suelo y no en el aire. Mi actividad no ha cambiado, pero ante mis ojos ahora corren chorretones de personas, como si fuesen gotas recién sudadas.

Solitaria, dejo caer mi cuerpo sobre un cómodo asiento, bastante blando, adaptándome perfectamente a su respaldo. El sillón de la soledad en el que estoy sentada es para dos, pero el espacio que hay justo a mi izquierda permanecerá vacío. Así es el juego. A pesar de hallarme naufragando en las mareas de la gente, sigo siendo una ola sin océano. Disimulo… nadie sabe que, en este instante, mi corazón tiembla y, mis manos, lloran.

Me parezco a uno de esos viajeros que buscan desubicados la puerta de embarque correcta, dentro de un aeropuerto moderno. Desconozco sus historias y destinos… pero soy partícipe de su camino: el que nos traza la vida.

Todavía sigo siendo zona de conflicto entre los sentimientos enfrentados. Soy guerrilla de soldados embobados, que siendo parte de lo mismo, luchan entre sí en lugar de estar unidos. Como si de verdad estuviesen ciegos. Hoy creo saber muy poco de mí misma… Pero quizás, mañana, no sepa absolutamente nada.

¡Adiós, Madrid!


Se levanta del suelo un pájaro de hierro tras otro. Dentro de un avión acongojado, que todavía anda pensándoselo, estoy yo, mirando por la ventana hacia el futuro más inmediato. Hacia ése que hace unos días me pareció tan lejano.

Hacia delante… Voy hacia delante. Sin posibilidad alguna de dar marcha atrás. Sin desearlo tampoco.

Frente a la vida, cojo aliento por cada poro que se eriza de mi piel. Con cada pelo encrespado. En cada sonrisa y en cada lágrima. Cuando me sacude un escalofrío.

Cada sensación dura un instante, y ahora yo soy un enredo que entreteje mil instantes que se dan a un mismo tiempo. Mosaico aventurero… camino a lo desconocido. Otra vez. Aunque, por vez primera, mis pasos buscarán el norte: Finlandia… mis pies pisarán nieve después de tanto imaginarlo.

Hubo un día en el que, todo esto, me pareció mentira. Otras veces, creí haberme rendido ante los estragos de la locura. Hoy, sencillamente, vuelvo a sentir el miedo. Pero también vuelvo a sentir el reto. ¡Voy a por ti! Maldito miedo… Pienso enterrarte bajo el hielo. ¡Congelaré hasta tus huesos! Mientras mi alma no sentirá un ápice de frío en el mismísimo polo norte. Seré un horno caliente de esos que queman, que arden, que abrasan… con el calor del combustible que me suministró toda esa gente de la que hoy me alejo. Y es así como mi corazón no sólo late… También vibra. Con vuestro apoyo, podré con todo.

¡Adiós, Madrid! Te dejo atrás. Entre nubes confortables tú te quedas, mientras yo salgo hacia fuera. Creceré. Como crece sin remedio el alarido del motor que arranca ahora, y que comienza a revolverse por dentro. Acelera bravamente, de repente; cada vez más rápido y más sonoro. Ya colocado en posición de ataque, sin mirar atrás y decidido a atravesar Europa desgarrando el cielo, un avión despega. Conmigo dentro.

Mustia y sola… y a la vez entusiasmada. Mientras aguarda mi destino, un ala metálica afilada despedaza el algodón suave del cielo. Allí abajo, se lamenta un desierto de dunas blancas y recuerdos. Allí a lo lejos, se retuerce el horizonte en forma de suposición.

Flotan nubes expectantes, dispuestas a amortiguar mi caída, dándola por hecho. Pero yo me agarro fuerte al añil intenso, para tratar de llenar con colores este vacío tan inmenso que siento. Ése vacío que crea la incertidumbre. Ese que nos depara siempre la vida. Pero yo hoy he decidido rellenar los huecos grandes con pedacitos de cielo. ¡Allá voy! Jyväskylä me espera.

29 ago 2008

Me despido

De los sonoros pasos de mi madre,
de los puritos olorosos de mi padre.
De los pelos de mi hermano…
Me despido.

De la terraza y de mi habitación,
de mi cenicero y mi edredón.
De la puerta que abre y no cierra…
Me despido.

De mis expresiones al hablar,
de las chanclas para caminar.
Del cielo azul y del sol brillante…
Me despido.

Del pasillo de la facultad,
de las cervezas por no estudiar.
De las antropólogas y el Colectivo Ezkharit…
Me despido.

De charlar hasta la madrugada,
de que me quieran sin yo hacer nada.
De los buenos amigos que tengo…
Me despido.

28 ago 2008

Muy pronto


A punto de romper el cristal invisible que me separa de ese otro mundo.
A punto de hacer pedazos lo desconocido…
A punto de cambiar todo esto, por todo aquello.

A solo dos días de acostarme en Finlandia, aún ignoro mi destino.
Y así estaré hasta el día en que aterrice, que será pronto…
Muy pronto.

19 ago 2008

Saharauis, seres humanos


- Por la libertad del pueblo saharaui -

Estoy tan cerca de casa, como mis pies de la caliente arena, y sin embargo estoy tan lejos, como lo está el mar del desierto. Muros, minas, tanques, balas, mutilados, muertos, refugiados, presos…En un mapa tamaño folio, la guerra no supone más que unos cuantos centímetros. Los mismos que a mí me alejan de nuestras tierras. Malditos mapas… Son ellos quienes trazan las fronteras. O, mejor dicho, son ellos donde unos cuantos malditos trazan las fronteras. ¡Como si fuese un juego diseñar el mundo!

Antes era un ser paciente que esperaba ver llegar lo deseado… Hoy soy alguien impaciente que desea hacer llegar eso tan esperado. Algunos piensan que treinta y tres no son muchos años en la historia de un país… Nosotros pensamos que, treinta y tres, uno por uno, son demasiados años en la historia de cada persona. Y aún con todo, nuestra vida no consiste sólo en sufrir. También luchamos. Y amamos. No hemos envejecido aunque hayamos crecido. No hemos muerto aunque hayamos enfermado. Y dentro el pueblo no se rinde, aunque fuera nos olviden. ¡Como si el tiempo pudiese destruir la verdad!

Creo con tal firmeza que alcanzaremos la libertad, que soy capaz casi de sentirla. Pero la desconozco de tal manera, que no puedo ni olerla. En el comienzo del artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos se lee que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…” Afirmo dignamente que, de los dos, sólo han conseguido arrebatarnos los derechos. Pero es obvio que sin ellos no podemos nacer iguales que los demás. No nacemos libres. ¡Como si los saharauis no fuésemos parte de “todos los seres humanos”!

18 ago 2008

¿Te imaginas?


¿Te imaginas ese día en que aterrice,
para no volver a despegar?
¿Te imaginas ese día en que mires mis ojos,
sabiendo que no se cerrarán?
¿Te imaginas ese día en que me abraces,
convencido de que no voy a marchar?
¿Te imaginas ese día en que beses mis labios,
seguro de que no se secarán?

¿Te imaginas ese día en que nos reencontremos,
sin tener que despedirnos nunca más?

Imagino el día en que aterrice en el desierto,
para no volverlo a abandonar.
Imagino el día en que mire tus ojos negros,

sin temer no hacerlo más.
Imagino el día en que te abrace,
sin tenerte que soltar.
Imagino el día en que te bese,
sin sentir deseos de llorar.

Imagino el día en que nos reencontremos…
Sin que exista un día que nos vuelva a separar.

17 ago 2008

Erupción a distancia


El poder de la música es tan arrasador como el del propio fuego. Como un volcán que erupciona preso del pánico ante un mundo que tambalea, yo vomito una palabra tras otra para sacar de dentro todo el calor que tengo: el calor que abrasa mi cordura cuando escucho esas canciones.

Por un momento me siento parte del humo, acompasándome con al aire que hay al salir del cráter. El mismo aire que ahora acaricia el Sahara. El mismo aire que ahora te toca a ti. El mismo que un día también me tocó a mí.

Me consumo en cada melodía. Me descompongo junto a las cenizas que se agitan con el tiempo, como las notas musicales que se esparcen dentro de mi cabeza, de un lado a otro, alocadas, alocándome.

Y explosiono en un llanto, en rabia, en una impotencia tan sólida como cuando se enfría la lava. Y después ya sólo quedan escombros… Lejos del desierto, soy escoria.

2 ago 2008

Perdiendo el norte


Al otro lado de este mar en calma se revuelven, estremecidas, las voces del desierto, perforando mis oídos sin dar tregua.

Puede que haya encontrado en la lucha saharaui el sentimiento de pertenencia que jamás tuve. Hoy me ubico sólo entre fronteras de su libertad.

Hay quien dice que es posible que me halle perdiendo el norte… Y es quizás lógico, también, pues siempre sentí un tremendo magnetismo hacia el sur.