19 abr 2008

Besos de mármol


Trataba de entender qué era la vida. Divagaba y se inquietaba. Y tan sólo hallaba la respuesta en la temida muerte.

Fue así cómo un día sus pasos la llevaron hasta el cementerio. Estaba justo al lado de su casa y, sin embargo, en rara ocasión se había acercado hasta allí. Pero desde entonces, Amaya no observó ningún atardecer sin estar sentada entre las tumbas.

Cada vez que entraba en el recinto, se sentía más viva que nunca. Nada más abrir la rígida puerta de hierro sonreía, cómo en ningún otro momento del día sabía hacerlo aunque lo intentara. De hecho, su familia y sus amigos no conocían aquella expresión. Pero éste sólo era el primer secreto que a diario Amaya ocultaba tras las verjas del cementerio.

Se sentaba, siempre al azar, frente a alguna lápida; cada tarde, una distinta. Al principio sólo la miraba, deteniéndose en las fechas que marcaban un principio y un final. Y en ese instante comenzaba a imaginar cómo pudo haber sido aquella niña, aquel anciano, y todos esos muertos que un día estuvieron vivos. Inventaba historias sobre ellos, esbozando incluso los detalles rutinarios. En su cabeza, Amaya escuchaba cómo reían. Sabía cómo sufrían, cómo amaban y también, cómo se equivocaban. Amaya podía contestar cada pregunta que surgiese sobre ellos. La respuesta sólo dependía de su intención. Y su imaginación volaba. Y sólo en ese momento dejaba de pensar en qué sería eso que llaman vida para, sin percatarse, comprenderla.

El tiempo, entonces, también volaba.

* * * * *

Un viejo vagabundo la espiaba tras las cruces en cada crepúsculo. Él tampoco comprendía para qué estaba la vida pero, observándola, de repente la sentía. Y por eso empezó a transitar el cementerio cada tarde. A escondidas. Siempre a escondidas. Ella nunca le veía.

Eran varias las horas que Amaya pasaba dentro del cementerio cada día. El vagabundo, por su parte, cada vez llegaba antes al lugar para mirarla, hasta que finalmente asumió que ésa iba a ser su nueva casa, quedándose a vivir allí.

A ambos les gustaba presenciar ese momento en que las sombras de las lápidas se alargan cada vez más, llegando su silueta a transformarse en delicados hilos de penumbra. A los dos les hechizaba la paz del silencio sepulcral. A ambos les emocionaba cobijarse tras la muerte, pues llegaban a sentirse vivos.

* * * * *

Mientras Amaya pensaba, frente a algún nombre desconocido, oscurecía. Y aunque hubiese sido propio de una chica tan desconfiada como ella, no sentía miedo. Ni siquiera una sola vez se despistó su divagar por ello. No lo tenía en cuenta, no le importaba. Entre los muros de los nichos, simplemente, el miedo no existía para ella.

Pronto Amaya comenzó a escribir las historias que en su mente dibujaba. Les daba forma, las acotaba. Transformaba su imaginación en letras mal trazadas. Y sentía que, de esa manera, podía revivir las almas desaparecidas.

El vagabundo la observaba escribir durante horas y, por ello, dejó de contemplar el alargamiento de las sombras, para comenzar a percibir el color del cielo en las pupilas de la joven. Los reflejos ondulaban en sus ojos, tornándose cada vez más difusos, a medida que la noche iba surgiendo. Después, sólo los recordaba. Y comenzó él a imaginar cómo seria el día a día de ese alma solitaria.

Sin sospecharlo ella, y ocultándolo él, aquel vagabundo compartía los momentos más íntimos de su existencia. Esos que, quizás, a Amaya le estaban dando la vida. Esos que, en consecuencia, se la estaban dando también a él.

* * * * *

Justo antes de marcharse hacia su casa, ya en plena madrugada, Amaya leía lo que había escrito sobre ellas, susurrándole a las tumbas. Al terminar, acercaba sus labios y besaba la superficie de mármol grisáceo que le había servido de inspiración, y rompía los papeles en pedazos. Miraba hacia el cielo denso y comprobaba que sólo la estuviesen descubriendo las estrellas. Levantaba despacio los brazos y, sin pensar, abría sus manos, dejando que sus palabras se volasen con el viento. No le importaba perderlas. Escribir sólo implicaba un modo para alcanzar la abstracción.

El vagabundo, alucinaba.

Y así lo hacía Amaya cada tarde: llegaba y se sentaba. Pensaba y escribía. Leía pausadamente y besaba la tumba. Rompía sus mensajes y los dejaba a merced del tiempo. Pensaba, escribía, besaba. Rompía, volaba, y se marchaba. Así siempre.

* * * * *

Desde que el vagabundo llegó al cementerio, hacía ya algunos meses, su madre era la única con la que hablaba. Sabía que no podría escucharle, pero necesitaba disculparse por no haberse decidido a hablarla antes. Ella, sin duda, le comprendía. Era su madre, y le perdonaba.

Caían gotas de rocío aquella mañana temprana, y el vagabundo se dirigía, como de costumbre, con una margarita entre los dedos hacia la tumba de su madre, para darle los buenos días. Aquél era el momento en el que deambulaba a sus anchas por el cementerio, sin preocuparse de camuflarse o de hacer ruido. Era su hogar y, hasta la tarde, no asomaría su invitada predilecta. Por ello arrastraba los pies e iba silbando; porque, por las mañanas, Amaya nunca aparecía.

Y Amaya no le espió ni le siguió aquella mañana pero, ante la rareza de encontrarse por primera vez un ápice de movimiento en tan plena quietud, se quedó paralizada mirándole pasar hasta que, por fin, el vagabundo dobló una esquina y desapareció. Por un momento imaginó que había dado vida a alguno de sus personajes, mas reaccionó en seguida y se apresuró a salir de allí. Nadie debía verla. Precisamente en soledad se confundía con el entorno. Y eso era lo único que Amaya deseaba.

* * * * *

Corría un viento fresco esa misma tarde y, a eso de las ocho, Amaya regresó al lugar en el que se olvidaba de sí misma. Sus mechones de pelo parecían tentáculos sacudidos por los últimos latigazos de sol.

Sin fijarse en el camino que la condujo hasta allí, Amaya se sentó frente a una tumba cualquiera y observó cómo las sombras se estiraban sobre ella. Leyó el nombre de la mujer, y se centró en las fechas. Comenzó a perfilar su vida y erupcionó un volcán de percepción en sus adentros. Se estremeció. Casi podía ver con los ojos de esa fallecida.

Amaya se levantó del suelo confundida y fue oliendo, una por una, cada flor que había alrededor del cuerpo ya hace años enterrado. Se detuvo en cada pétalo varios minutos. La belleza, el tacto suave, el olor intenso. Todo le recordaba unas vivencias de alguien que no era ella.

El vagabundo la miraba fascinado: aquellas eran las flores que, desde el día en que vio a Amaya recorriendo el cementerio, él le había regalado a su difunta madre, como símbolo de amor por haberle dado la vida y, además, por haberle llevado ya muerta, hasta ella.

* * * * *

Amaya dejó la última flor, la que el vagabundo había depositado en la tumba esa misma mañana tras doblar la esquina en la que ella le perdió, en el mismo lugar en el que la había encontrado. Y desviando sus ojos de nuevo hacia las fechas inscritas en la lápida, lloró.

El vagabundo no lo creía. Por fin entendía el valor de su vida. Y entonces supo que, Amaya, también tendría que encontrar el sentido de sus días.

Así, al día siguiente, ya amaneciendo, el vagabundo se apresuró a la tumba de su madre; esta vez, no sólo con una flor. Ahora llevaba en su mano izquierda dos tulipanes y, en la derecha, un paquete envuelto en papel de periódico. Le dio los buenos días a su madre y, agradeciéndole su vida de nuevo, colocó el tulipán en su lugar. Por primera vez, antes de abandonar el nicho, él también sintió el impulso de saborear el mármol. Y besó la fría tumba, sintiendo en sus labios el calor de la que en vida fue su madre.

* * * * *

Amaya llegó al cementerio muy pronto ese día. No había logrado descansar en toda la noche, pues se castigaba constantemente al pensar que no se había detenido a escribir nada la tarde anterior. ¿Cómo es que no lo había hecho? No es que le doliese no guardar esas palabras, pues igualmente las hubiese resquebrajado y lanzado al viento. Pero habiéndose convertido aquella mujer en la emoción más fuerte que había sentido allí dentro, sabía que no le había dedicado más que un puñado de lágrimas de cobardía, y necesitaba subsanarlo urgentemente.

Así, Amaya corrió desde su casa hasta la tumba y, anonadada, se detuvo de golpe ante ella. Un tulipán hermoso descansaba junto a un paquete y una nota.

Pensó que nadie más podría estarle escribiendo a un muerto y, menos aún, haciéndole un regalo. Así que, totalmente extrañada, cogió la nota con sus dedos, y leyó en voz alta:

“No te equivocas… este paquete no es para ella, es para ti.”

* * * * *

Impresionada, miró a su alrededor muy lentamente y no vio a nadie. Agachó la cabeza hacia la nota y de repente volvió a mirar en torno a ella, como si tratase de descubrir a alguien por sorpresa. No comprendía quien la podría estar esperando. Nadie sabía que ella iba a allí.

Abrió el paquete inquietamente, y encontró dentro de él folios escritos, fragmentos reconstruidos… ¡sus sentimientos prohibidos! Pegadas con trozos de celo sucio sus palabras perdidas, unas con otras, en un intento por mantener eterno lo que duró sólo un instante.

Amaya lloró de nuevo.

Y el vagabundo, aún escondido tras las tumbas, sonrió cómo nunca antes lo había hecho. De hecho, ni siquiera él mismo conocía aquella sensación.

Y por fin Amaya se enjuagó los ojos. Y comenzó a escribir. Y aquella noche, el vagabundo, tampoco durmió.

Ya clareaba el cielo tras el contorno negro de las tumbas cuando Amaya terminó de susurrarle sus palabras a la madre del vagabundo, sin imaginar siquiera quién era su hijo. Acto seguido, la besó. Y ésta, bajo el suelo y sin que nadie pudiese verla, sonrió.

* * * * *

Y desde entonces Amaya también visitó el cementerio en cada amanecer. Por las tardes seguía eligiendo una tumba al azar pero, por las mañanas, actuaba discretamente. Entraba en el reciento silenciosa, y observaba al vagabundo confiándose a su madre. Se escondía; callaba. Y como si fuese un muerto más, permanecía inmóvil vislumbrando la ternura.

Compartiendo los más íntimos momentos de aquel hombre solitario, sin que aquél pudiera ni siquiera imaginarlo, Amaya sentía la vida. Y ella nunca se dio cuenta, pero ya se había convertido en esa única historia que jamás iba a escribir.

No estaba muerta.

Sube y baja

A veces soy la cima de la más alta montaña y otras, sin embargo, soy llanura inacabada.

A veces soy risa inocente y otras, un entierro andante.

Soy la histeria y soy la calma. Soy el agua y soy la llama.

A veces soy como una ola que se mueve por el viento. Otras veces soy el viento que es capaz de hacer las olas.

Unos días soy la flor que comienza a marchitarse y otros soy ese tesoro que está apunto de encontrarse.

A veces tengo la ilusión de un recién enamorado, y otras veces tengo el cuerpo del que ha sido maltratado.

A veces soy la cáscara y, otras, semilla.

Unas veces soy el sueño y, otras veces, pesadilla.

Caigo hacia el lado que más me pesa; es lógico. Ayer fue la tristeza y hoy… puede ser lo que yo quiera.

Me recuerdo a un balancín de esos que hay en los parques infantiles.

18 abr 2008

Reconduciendo

Siguiendo la espiral hacia dentro. Equivocada la dirección. Cada paso que voy dando está más lejos de ir hacia fuera. Me mareo, y siento ganas hasta de vomitar.

No sé si alguien supo un día hacia dónde se dirigía.

Llueve angustia. Truena la rabia. Ya no se aproxima la tormenta: la incomprensión ha llegado. El sinsentido. El absoluto absurdo. Todo nubla el firmamento mudo. Hoy, ni siquiera se cuela un rayito de sol por entre las sombras. Mi mundo llora.

Y el consuelo se halla refugiado en un trozo de papel en blanco, guardián de todos mis secretos. Allí nacen y allí mueren. Allí se quedan encerrados de por vida. Ojala todo fuese tan fácil como arrugar en una bola ese papel. Es posible que al final optase por tirarla a la basura. A lo mejor, hasta la quemaría. Pero, sin equivocación alguna, la amargura de este día a día, definitivamente, desaparecería.

¡Mas no pienso hacer trizas con mi vida! Sólo tengo que enfrentarme a ella y darle, esencialmente, vida.

Atropellada

Es la rueda imparable que arrasa todo cuanto alcanza.

Quisiera detener el tiempo ahora, quedarme sola. O acaso yo podría acelerarlo, y estar viviendo ya el verano, junto a ti. Mirar al horizonte y ver las dunas, y no un ejército de rostros enfadados cada vez que paso.

Ésta es una de las pocas veces que estoy deseando rendirme. Quizás así comenzaría la verdadera lucha.

Maldigo el mecanismo de este mundo sombrío. Maldigo a todos esos que consiguen que esta vida “funcione” así. Y me repugna formar parte de tan sucia hipocresía. Yo no quiero que mi vida se convierta en agonía.

¿Dónde se quedaron esos días en los que yo era feliz?
¿Dónde se perdió la brisa que me hacía sonreír?
¿Dónde estará aquella nada, que para mí llegó a ser todo?

Me aplasta el tiempo, y el futuro se vislumbra más turbio que nunca.
Creo estar muriéndome antes de nacer.

17 abr 2008

Inmóvil

Me quedo parada bajo la lluvia, mirando ensimismada cómo una hilera de caracoles avanza lentamente sobre la pared. Han sacado los cuernos a la noche.

Llego a casa y, mientras escribo, cae una gota sobre el papel. Me toco el pelo extrañada: mi cabeza está empapada.

16 abr 2008

Gritos de libertad

Te escribo cobijada en la penumbra. Es de noche y hace frío. Mi abuela duerme mientras yo pienso. Sopla el viento, y hace ruido. Para responderle, tan sólo fumo. Y aunque preferiría gritar sin miedo, ya es tarde. No es propio de mis lamentos despertar los sueños de todo el mundo.

Sólo son cuatro días sin oírte… y te siento más lejos que antes todavía. Resuena el Sahara en mi vida: llega hasta Madrid el eco del desierto. Y con él tu voz difusa, tan borrosa, que se pierde en los gemidos de las sombras.

Yo callo mientras te escribo. Ayer, en cambio, gritaba clamando tu libertad. Y también la de tu pueblo. Algunos pasaban de largo indiferentes, continuando su camino sin a penas inmutarse. Pero otros, sin embargo, estaban gritando conmigo. Yo grité alto, muy alto. Grité de diferentes formas y en todo momento. Grité mirando al cielo y levantando los brazos. Grité tan fuerte como sé. Grité hasta que mi garganta comenzó a carraspear y no pudo gritar más. Y mi intención sólo se concentró en que tú escucharas lo que dije. Ayer hubo una manifestación a favor de la autodeterminación… y grité por cada saharaui, para que alcancéis la libertad.

Sé que, hoy, tú debes sentirla demasiado lejos, mas corrígeme si no es verdad que ayer te preguntaste a media tarde, extrañado, por qué de pronto te llegaba, sin saber de dónde provenía, un soplo de libertad.

Rakelilla


- A la única persona que, hasta hoy, ha deseado convertirse en uno de los personajes de mis líneas -


En mitad de mi incansable verborrea saharaui, me percaté de que nadie a mi alrededor comprendía realmente lo que estaba sintiendo, aunque lo intentasen. Entonces decidí no obligarles a escuchar lo que decía, no aburrirles, no cansarles. Y dejé dentro de mí todo eso que me ahogaba, ahogándome con ello. Pero no me importó no respirar. Seguí adelante.

De pronto apareció esa chiquilla tan expresiva, cantándole a una estrella polisaria. Observé su rostro desnudo: sus ojos brillaban. En su voz, había un aullido de fuerza. Sentía la lucha. Y la opresión de ese pueblo parecía que a ella tampoco le dejaba respirar. Y entonces gritamos al unísono: “¡¡¡Vendrá la libertad!!!”.

Y no sabía yo, por aquel entonces, que estaba encontrando una noble compañera, un alma comprensiva, un corazón inmenso. Acaba de descubrir a aquella amiga con la que viajaría día a día de camino a un sueño. Y de pronto supe que, en algún momento, hasta podría hacerse realidad. Ella me ayudaría a hacerlo posible. Y yo la ayudaría a ella.

Respirando el aire del desierto aquella tarde junto a ella, tuve la certeza de que nos comprendíamos perfectamente: nos sentíamos saharauis, aunque las dos hubiésemos nacido en España. Y nos habíamos encontrado.

Sin pretenderlo, adiviné que aquél era sólo el principio de una intensa historia más de las que guarda el Sáhara.

14 abr 2008

Brota la inspiración para ti

Brota la inspiración para ti, Abdalahi. El nombre más lindo que nunca escuché. Lo grito en silencio. Se acalla el mundo y resuena mi voz.
Me pregunto a dónde van las palabras que no te digo. Ellas no se pierden en el tiempo, ni tampoco se las lleva el viento. Permanece intacta su esencia. Sobreviven eternamente.
Pero, ¿a dónde van las palabras que yo te digo y que tú no puedes escuchar? Si hasta hoy todo se queda en un intento que carece de destino, ¿hacia dónde viaja entonces mi inspiración?
Flotan mis palabras para ti, Abdalahi. La irrealidad más dulce que nunca probé. La saboreo de nuevo a solas y recuerdo esas palabras… las que sí dijimos y pudimos escuchar.

13 abr 2008

¡¡¡¿Ahora?!!!

Desterrada ya la posibilidad de viajar hasta Seúl, reaparece. Y, a mí, me compromete.

No me busques, no te acerques, no me tientes. Podría sucumbir. Y mientras trato de camuflar mis ebrios deseos bajo una sobria naturalidad, me recuerdas aquel baile. Y me confundes. Es obvio que no estaba olvidado. Pero no creí que tú quisieras retomarlo, después de haber soplado tanto el viento. Y por eso un remolino de incógnitas remueve el ambiente que nos rodea y, yo, disimulo. Me abstengo. Y, después, ante mi incomprensión absurda, reacciono. Pero ya es tarde… Ya te he respondido: un titubeo es suficiente para que tú lo sepas. Aunque yo no lo sepa.

Y aunque lo tema, aun que no quiera, un baile inacabado podría estarme conduciendo hacia Seúl… de nuevo.

¿Mi viaje resucita?

12 abr 2008

Maldita distancia

Viendo imágenes que tú gravaste.

Entre niños, gritos, arena y sombras, aparecen tus ojos por sorpresa. Y después de más de tres semanas vuelvo a verlos.

Tú te mueves, gritas, corres y bailas. Te miro y te recuerdo demasiado. Me muero… Porque no puedo abrazarte aunque te vea.

Ahora, más que nunca, me gustaría tenerte cerca.

La distancia es una puta mierda.

11 abr 2008

Antes de rendirte

- Cuéntame...

- Quizás pienses que es una locura, y en parte yo también lo creo. Pero no me importa.

- A ver…

- Yo no lucho solo contra la distancia, lucho contra la política, contra las fronteras. Lucho contra la historia, contra 30 años de exilio. Lucho contra miles de intereses, contra el olvido. Aquí donde me ves… yo estoy dispuesta a luchar contra todo por él.

- ¿Y quién es él?

- Abdalahi, un refugiado saharaui que vive en los campamentos de Argelia.

- Joder…

- ¿Crees de verdad que Salamanca y Tarragona están tan lejos?

- Ahora, no.

10 abr 2008

Momento clave

Cogió impulso y echó a volar. Abandonó su casa, su vida, y también la melancolía. Se alejaba de TODO. Y se sintió renacer.

Se aventuró en silencio y abrió los ojos. Se lanzó al vacío sin vacilar. Descubrió que, en realidad, tampoco dejaba NADA. Y sintió la libertad.

Flashback

Me sumerjo, me evado. De pronto, te oigo cantar. Puedo escucharte. Y empiezo a cantar yo también. Me transporto, viajo, y revivo aquellas tardes del desierto.

Cierro los ojos, se me hincha el pecho. De pronto, también te veo. Puedo mirarte. Y empiezo a mirar fijamente tus labios. Me acerco, me altero, y ya casi he vuelto a robarte un beso.

Pero vuela el momento. Abro la ventana y entra el viento. Ahora ya ni te escucho ni te veo. Cojo un cuaderno, busco una página y escribo recordándote, para que pase el tiempo.

9 abr 2008

Invencible

Yo, que siempre he presumido de vencerte. Yo, que siempre te he intentado mantener lejos. Te relegué y, de repente, apareces.

Te abandoné para irme a otros lugares. Recorrí parte de África, Sudamérica e incluso Asia sin tu presencia. Te había olvidado y, de repente, te acercas.

Te critiqué a ti y a los que te rodeaban. Llegué hasta a sentir lástima por ellos. Te alejé de todo cuanto hago, y también de lo que pienso. Te desprecié más de mil noches y, de repente, vuelves.

Te ignoré en mis decisiones y me reté a no recordarte. Te di la espalda cuando te arrimabas. Te mentí tantas veces… como las que me mentí a mí misma. Te rechacé y, de repente, perdonas.

Quise ahogarte en el fondo de un océano, deseé que el tiempo te aniquilara. Me esforcé por destruirte en demasiadas ocasiones y, de repente, olvidas.

Yo, que tantas veces te he esquivado y despistado. Yo, que tanto te repudié. Y ahora estás demasiado cerca… Luché por no tenerte y, de repente, me tienes. Miedo.

Sonidos

Hay algo que me fascina de conducir cuando llueve, y es el ruido de las gotas cuando el coche se acelera.

8 abr 2008

Versos ¿imposibles?

Un océano de hierbabuena.
Un cielo en el que no llueva.
La primavera, eterna.

Una guerra que no mate.
Un cordón que no nos ate.
La vida, entera.

Una canción sin sonido.
Un viaje sin destino.
Soñar, sin estar dormido.

Un pez que también vuela.
Un cuerpo que nunca duela.
Librarse del olvido.

Atenas - Madrid

Un golpe en mi brazo izquierdo y un grito me sobresaltan. Cuando me empiezo a girar, tú ya me has abrazado. Muy fuerte. Y me acuerdo de aquel sueño en el que casi te besaba, siendo sólo tú consciente de que no era cierto.

Has vuelto y, la verdad, me alegro de verte. ¡Es curioso! Para mi sorpresa, tú también te alegras de verme.

Hoy, ninguno de los dos está soñando.

7 abr 2008

Hacia delante

Recorro un pasillo interminable,
cuyo final no puedo divisar.
Tengo prohibido mirar atrás,
si no es cuando he empezado a andar.

Abro la puerta de la derecha
y me confundo entre las siluetas.
Pero teniendo todas la misma esencia,
me distingo de las demás.
Salgo y abro la de la izquierda,
y entro dentro sin pensar.
La simpleza de mis pasos
me conduce a la complejidad.

Sigo adelante por el pasillo eterno,
abriendo puertas al azar.
No hay un duende que me guíe,
yo misma decido dónde voy a entrar.

Y abro la puerta que hay a la izquierda,
escuchando una pompa estallar.
Todas sus gotitas siguen siendo agua,
aunque se hallen distanciadas.

Salgo y abro la de mi derecha.
Entro dentro tras dudar.
Pero el miedo no venció al que fue un gusano
y quiso empezar a volar.

Continúo atravesando
este pasillo embrujado.
Miro atrás cuando descanso
y hacia el frente cuando avanzo.

Tiempo y espacio

Dos palabras que hasta hoy dominaban mis días y que, ahora, aún sin quererlo, reprimen mi voluntad con opresión. Dos verdugos de mi razón. El tiempo y el espacio subordinan también hoy, impunes, mi corazón.

Vivo presa de seis días que me aíslan del olvido, cumpliendo una condena que me obliga a recordar. ¡Mas me siento afortunada por no haber muerto en el intento! Y enormemente satisfecha de no haberme rendido ante la dificultad.

No es éste el mayor peligro que habré de afrontar en la vida, así es que ahora voy a arrasar. No bastan dos simples palabras para privarme de libertad.

- Y un día tiempo y espacio no serán más que un quejido del lenguaje del pasado, víctimas del sacrificio apasionado que provocará un amor que se ha luchado. -

5 abr 2008

Barcelona

Al final iba a ser verdad: Barna tiene algo, y lo estoy comprobando.


Una canción, cinco músicos y tres amigas. Hoy, no necesito más para sonreír.


El viento sopla; quizás sea por la alegría. Cae el sol del cielo lentamente. Nos acarician las sombras. Y mi pelo baila al ritmo del cajón flamenco, mi respiración tiembla con la guitarra y mi voz canta con la trompeta.


La música suena distinta… Barcelona huele a recuerdo.

1 abr 2008

Cambiante

El cielo está naranja, morado, rosa. Alguna nube hasta se ve dorada. Empiezan a cubrir el césped las florecillas amarillas de mil pétalos y esas otras que parecen algodón. Me acuerdo de cuando era niña y pedía un deseo antes de soplarlas.

La primavera florece, y todavía no me había dado cuenta de que ya ha comenzado mi estación favorita.

Vuelvo a mirar al cielo: todos los colores han cambiado. Sonrío: me percato de que, siempre, todo cambia. Y me gusta la idea, aunque sea inestable.

Me siento parte del cambio. Vivo cambiando. Soy cambio. Pero muchas veces no consigo cambiar lo que quiero cambiar y otras, en cambio, hasta cambio lo que no quiero. Todo cambia, pero se me escapa cómo.

Y el cambio trae consigo algo hasta hoy desconocido que, ahora, puede cambiarlo todo. Así, de repente. Así suceden las cosas. “Es la vida”, me dirías tú. Y es que hasta en la más ardua monotonía, de pronto, te visita el cambio. Cambio que después cambia. Y aparece otro cambio que un día, créeme, cambiará y traerá otro cambio. Es la vida.

Y entre cambio y cambio, cambio porque cambio. Pero no me cambio.

Y espero que el cambio no cambie que tú no me cambias. Y espero que el cambio no cambie que yo no te cambio a ti.

Luchando contra todo cambio posible, espero que el cambio no cambie este cambio.

Soplo una flor de esas que parecen algodón...

29 mar 2008

¿Qué es?

Es tan tierno como el cus-cus y tan dulce como el segundo té.

Es tan sediento como un camello después de andar y tan goloso como el paladar de un niño.

Es tan brillante como la luna en el cielo negro. Tan colorido como las melfas al ondular.

Es tan cálido como el carbón que arde sobre la arena. Tan sólido como las piedras. Tan profundo como soñar.

Es tan envolvente como un turbante. Tan extenso como el horizonte. Es tan delicado como besar.

Es tan poderoso como el silencio y tan eterno como el tiempo. ¡Es tan libre como el viento!

Pero también es, tan difícil, como escapar del sol en el desierto...

28 mar 2008

Echandote de menos

No sé si te encontré perdido en la arena, o confundido entre tantos críos. No sé si te descubrí en el silencio de nuestra habitación o en un sentido grito de lucha. No sé si fuiste una estrella más de aquellas noches tan largas o un suspiro de viento que se retorcía en las dunas. No sé si eras la piel o el alma. Y no sé si fuiste tú quien trajo la luna llena la última noche. No sé si te conocí verdaderamente al compás de tu cantar, ni si te deseé mientras bailabas. No sé si me enamoré de ti ya estando rodeada de tus brazos.

Y hoy mi cuerpo se siente solo. Echa de menos tus manos.

Mi boca se siente sola. Echa de menos tus labios.

Mis oídos también están solos. Echan de menos tu voz.

Y mis ojos también están solos. Echan de menos tus gestos.

Pero, sin duda, quienes de verdad se sienten solos son mi corazón, también mi alma, y mi razón. Ellos, te echan de menos a ti.

Solo sueño con el próximo verano…

25 mar 2008

Hoy

Hoy no me alumbran las estrellas ni la luna llena. Tampoco me alumbra esa vieja lámpara que proyectaba una luz difusa bajo el turbante. Hoy, me alumbra la fría bombilla de una farola.

Hoy no rompe el silencio tu cantar. Ni rompe el silencio tu respiración agitada o el sonido de tus chanclas al caminar. Hoy, rompe el silencio el llanto.

Hoy no me abriga el calor del desierto ni el de tu negro cuerpo desnudo. Hoy no me abrigan las mantas que fueron testigo de nuestro amor. Hoy, sólo me abriga un recuerdo.

Hoy ya no espero que me robes un beso, ni espero tampoco un gesto secreto de complicidad. Hoy no espero que podamos estar solos. Hoy, sólo espero un reencuentro.

3 mar 2008

De vuelta

Me despertó el sonido del té. Aquella mujer tan misteriosa vaciaba y rellenaba un vaso tras otro, y la espuma brotaba como de su ensimismamiento.

Estiré los brazos y me puse en pie. El sol se colaba por la única apertura de la jaima.

Respiré hondo y me acarició el viento. Probé el té y el calor del desierto me abrigó por dentro.

Amanecía en el Sáhara.

2 mar 2008

Incomprensible

Peor que un bonito recuerdo es que no lo haya. Me repito que de nada sirve esperar algo que no pasará. Fantasías inventadas. Sueños no soñados. Ilusiones despedazadas en mitad de una noche esperanzadora. Pudo ser todo, y no fue nada.

Y lo peor es que jamás dependió de mí. Ingenua cría…

No es mi voz la que escucha el silencio. Ni tampoco la que escuchan los berridos.

Engañada de nuevo, el baile quedó en un gemido y mi imaginación, en un intento. No es cómodo cuando todo se confunde. Y es ése el rugido del viento.

Me difumino, me disipo. Me pierdo irremediablemente como aquel que entró en un laberinto, o en la locura. Era esta noche y, sino, ya no saldré de ella. Ninguna.

El rojo es ahora un color que duele y, el día, un colchón de desasosiego. Y sin embargo tú ahora estarás riendo, mientras yo cargo con esta estupidez tan densa.

Mi viaje se tambalea.

1 mar 2008

Aislándome

Es jodidamente extraño… pero todo el mundo canta mientras yo callo. Y además es curioso. Es simplemente una necesidad. Quizás sólo porque los demás lo sienten.
¡Adiós tú!

¡Adiós tú también!

Esto se esfuma. Se va. Se acaba.

Año bisiesto, año siniestro.

Ni siquiera una voz interrumpe mi silencio… Sigo pensando en ti. Sigo viajando…